Al que le quede el guante…

Posted on 26/08/2015

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No, nunca conocí al señor Kushner, ni a la señorita Aramayo, ni a sus señoras madres, ni tengo relación alguna con el caso que ha tomado por asalto todos los medios de comunicación y redes sociales hasta el franco hartazgo. Y la verdad, lamento mucho tener que empezar esta entrada de mi blog disculpándome por no tener una posición cerrada y militante al respecto como parecen haberla adoptado casi todos los que conozco.

La figura del feminicidio en la legislación boliviana es una cosa muy particular. Comete este delito quien mata a una mujer a la que conoce (o si prefieren, para mayor precisión, si la víctima conoce al asesino). Punto. Eso es todo. La acción típicamente antijurídica y culpable que nos enseñaron en la universidad a los que perdimos cinco años de nuestras vidas estudiando un Derecho que ha dejado de existir por completo en la última década no tienen nada que ver aquí. Tampoco, aparentemente, la presunción de inocencia. El sólo hecho de haber nacido con pene es suficiente prueba de preterintencionalidad en este delito.

No me malentiendan. Antes de que se me tilde de cerdo chauvinista, quiero dejar bien en claro que ciertamente no es eso de lo que estoy hablando. La violencia sexista es, existe y se manifiesta con enorme fuerza en Bolivia, todos los días, sin tregua, y urge tomar medidas muy serias para contrarrestarla, para prevenirla, para hacer que pare. La Ley 348 ciertamente hasta ahora no ha logrado absolutamente nada. Pero rasgarnos las vestiduras con un caso – todavía medio oscuro – y no ver a la mujer que murió con 25 puñaladas evidentemente proferidas por su marido, sólo porque no es hija de una periodista conocida, es el colmo del cinismo.

Y de esto es de lo que quiero hablar ahora. Del caso en particular que se ocupen quienes tienen esa responsabilidad, yo no soy quien para juzgar ni condenar a nadie en particular. Pero si algo ha sacado a luz este tema, es lo profundamente hipócritas, morbosos e influenciables que somos como sociedad. Casi todo el mundo tiene una opinión sobre este tema, pero muy pocos tienen una opinión propia. La enorme mayoría solamente repite la opinión de otro. Lo que es peor, es que todo lo que se dice son solamente opiniones. A nadie le importan los hechos, las pruebas, la lógica. “Kushner no pudo haberla matado, yo lo conozco y es buen tipo”, “Kushner es un maldito asesino, de ninguna manera un auto destroza solito a una mujer”, o mucho peor. Mucho, mucho peor. “Kushner es el asesino porque es judío”. Realmente, este caso saca lo peor de todos nosotros.

De nuevo, no sé si el señor éste sea o no culpable. Ante los ojos de la ley, ya está sentenciado. Con las presiones políticas, no del gobierno esta vez, sino de la misma sociedad civil, ya está condenado. Y si sus abogados se atreven a salvarlo de la cárcel, o incluso reducir su sentencia, ya está ejecutado. Seguir en este juego es pues absurdo. Sí creo oportuno, en cambio, preguntarnos por qué.

Creo que Kushner es necesario para exorcizar a nuestros propios demonios, es quien hemos elegido como sociedad para expiar nuestras culpas. Que él sea culpable o no, es irrelevante. En él proyectamos toda nuestra hipocresía. Él representa todo lo que somos, pero que no admitimos. Culpable o no, Kushner es nuestro Caifás, nuestro Darth Vader, nuestro Gran Visir Jaffar. Amamos odiarlo, porque representa todo lo que odiamos de nosotros mismos. El poderoso caído nos compele demasiado. Si el poderoso cayó por hacer daño a la princesa, mucho peor. Ésta historia la conocemos, la hemos escuchado cientos de veces en los cuentos que nos contaban de niños. La mujer apuñalada 25 veces no nos importa, porque “esa gente” suele comportarse así. Lo de Aramayo y Kushner nos duele porque ellos son los príncipes de los cuentos de hadas. La “gente bien” no puede caer en comportamientos de la chusma. Además de nuestra hipocresía, el caso ha desnudado nuestro clasismo/racismo (usted escoja cuál le calza mejor según sus propios prejuicios).

Pero el sermón no acaba aquí. No señor. Además de hipócritas y prejuiciosos, somos morbosos a más no dar. Sentimos un placer enorme, casi sexual, cuando nos hablan de cuántos kilos de presión se necesitan para reventar un cráneo. Nos lleva casi al orgasmo saber cuál de los dos estaba más borracho que el otro. Queremos saber la marca y modelo del auto que mató a la jovencita. Queremos tener todos los detalles de hacia dónde salpicó la sangre. La anticipación de poder ver lo que captaron las cámaras de seguridad nos extasía. Los dardos envenenados enviados entre doña Helen y doña Ninón nos solazan. Los medios lo saben, y nos darán todo esto y más, sin verificación de fuente, sin mesura, sin clemencia, matando y rematando a Andrea todos los días, traumando y retraumando a su hijita de siete años, y llenándose los bolsillos con ello. Banalizando el horror para que otros insensibles maten de nuevo para repetir la historia y seguir ganando platita. Y para contentar y alegrar a los poderosos, los verdaderos poderosos, a quienes les encanta que el pueblo se distraiga con estas desgracias para que todos nos olvidemos del dedito que nos han metido en… ya saben dónde.

Esto es lo que pasa cuando en un país que se dice democrático y republicano la justicia no funciona, cuando quienes se supone deberían cuidarnos de nosotros mismos se dedican a perseguir fantasmas, cuando el miedo se apodera de nuestra razón, cuando sentirnos seguros es más importante que ser libres, cuando tememos a nuestro vecino, cuando el gobierno nos dice todos los días que hay que tener miedo, mucho miedo, cuando los medios nos dicen todos los días “ahí está, mirá porqué tienes que tener mucho miedo”, cuando los poderosos te dicen todos los días “dame más poder para que te cuide como a un bebé”, cuando tus propios amigos, convencidos por el discurso del temor, te dicen que no salgas, que te cuides, que hay cada loco suelto, que los seres humanos somos asesinos ávidos de sangre, que los únicos que valen la pena son los perritos y los gatitos, que no confíes en nadie, que no celebres tu vida, que no ames a tu prójimo, que todos quieren hacerte daño.

Muchos han caído en la trampa. Muchos han manifestado abiertamente que no tiene caso, que si una Andrea Aramayo puede morir asesinada por su pareja, nadie está a salvo, la lucha contra la violencia machista está perdida, ganaron los patriarcas. Pues, ¿saben qué? Yo me rehúso absolutamente. Me rehúso a tener miedo de mi prójimo. Me rehúso a vivir atemorizado. No me trago su discursito hipócrita, prejuicioso y morboso. Me rehúso a dejar de luchar por hacer de éste un mundo mejor. Los seres humanos somos mucho mejores que esto. Los bolivianos somos mucho mejores que esto. Me rehúso a rendirme. Y creo que tú también deberías rehusarte. Especialmente si eres mujer.

Esteban

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