De miedos y crucificciones

Posted on 14/03/2016

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Film The Simpsons

(c) AP Photo/Twentieth Century Fox, Matt Groening

Cada día encuentro menos diferencias entre los bolivianos y los habitantes de Springfield, pequeña ciudad ficticia donde residen los Simpson. Tendemos muy fácilmente a dejarnos llevar por el miedo y creemos en nuestra ignorancia que los linchamientos –tanto literales como mediáticos– nos van a redimir y van a proteger a nuestras familias y a nuestros bienes. Caemos muy fácilmente en la desvalorización de la vida de aquellos que consideramos, con o sin razón, que nos hacen daño.

Hace unos días, un grupo de jóvenes atacó con enorme brutalidad a un muchacho y una muchacha como parte de un asalto que tuvo las características de una ritualidad pandillera, es decir, no fue un robo por necesidad, sino como prueba de poder y dominación sobre el otro. La escena fue, pues, horriblemente violenta, causando en la gente esa mezcla tan particular de morbo, dolor y odio con la que suelen reaccionar las sociedades en este mundo tan mediatizado, con el riesgo adicional de la normalización de esas actitudes, como ha ocurrido ya con el feminicidio, el linchamiento de ladronzuelos en barrios populares o la desaparición de adolescentes para fines de trata.

Y he aquí el verdadero dilema. No podemos quedarnos pasivos ante estas escenas de degradación social, pero tendemos a caer al mismo nivel de odio y desprecio por la vida de aquellos a quienes denunciamos, con la agravante además de que tendemos a amplificar y generalizar fenómenos aislados (aun cuando frecuentes, siguen siendo aislados, casos particulares con nombre y apellido, fechas, sucesos, culpables y víctimas identificables). Todos los jóvenes son pandilleros, así como toda empresa china nos quiere engañar y todo político es corrupto. Y bajo esa enorme mentira, reaccionamos de las maneras más viscerales, irreflexivas y, a fin de cuentas dañinas para nosotros mismos.

Nos gusta castigar, y lo que es peor, nos gusta evadir el castigo propio. Nos encanta apuntar con el dedo a quien es diferente, ya sea por color, nacionalidad, edad, sexo o hábitos de vida, y tendemos a extrapolar una actitud que nos parece mala hacia todas las personas que tienen la misma característica. Por lo tanto, hay que castigar a todos, no por sus actos, sino por quienes son. Claro, siempre y cuando salgan en la tele, o, últimamente, en las redes sociales, porque si el hecho no tiene la relevancia mediática, un asesinato, un secuestro, una violación nos importan un bledo.

Luego, hete aquí que cuando el caso adquiere la relevancia mediática que estimule nuestro morbo, queremos ver sangre, queremos ver ejecuciones en la plaza pública, queremos poner a los orates en el cepo y queremos empalar a quienes entran en nuestra muy holgada definición de lo que es un “maleante”, tan holgada como era la definición de “bruja” en el siglo XIII. Colgamos muñecos de trapo y advertimos con ajusticiar automóviles sospechosos (¡?¡?¡?¡?¡). Mandamos mensajes de WhatsApp a los canales pidiendo la crucificción en el Monte de Olivos, o por lo menos en el Montículo de Sopocachi, de aquellos que íntimamente nos dan miedo, pero no queremos admitir que lo hacen.

De repente todos son abogados penalistas, criminólogos y psicólogos forenses, y todos se creen con derecho a definir lo que en justicia corresponde. No somos capaces de ver más allá del rostro del culpable, o del que creemos culpable, porque al final no hay diferencia para nosotros entre la sospecha y la culpa. En nuestra profunda incomprensión de nuestro sistema penal, equiparamos las medidas preventivas que no sean de detención preventiva con impunidad, incapaces de entender lo que “preventivo” quiere decir. No nos interesan los procesos, nos interesa la venganza. No nos interesan las pruebas, nos interesa ver a ese o esa que salió en la tele pudrirse en la cárcel.

Entiendo, en parte, las razones. De nuevo, a veces estos crímenes son realmente horribles, y merecen un proceso severo. Con un sistema judicial colapsado, en una crisis que parece terminal, cuando no obtenemos respuestas de parte del Estado que se supone nos debería cuidar y proteger, cuando toda decisión judicial o del ministerio público cae en saco roto por su absoluta falta de credibilidad y legitimidad, es normal que la mayoría de la gente reacciones irreflexivamente, por instinto, volviendo a un estado pre-civilizatorio muy peligroso, porque además de que no resuelve nada, empeora las cosas.

Pero lo peor no es eso. Lo peor es que el poder sabe todo esto, y sabe que todo esto actúa en su favor. Mientras querramos linchar a los pandilleros del Cartel Family o cualquier gente que esté de moda odiar esta semana, el poder puede seguir expropiándonos la libertad, escondiendo sus fechorías y convenciéndonos que todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros.

Esteban

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