La difícil misión de no ser homofóbico

Posted on 23/06/2016

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1249284408_0Admitámoslo de entrada, para sacar la astilla del dedo. Al mal paso darle prisa. Soy, muy a pesar mío, homófobo. O, mejor dicho, tengo un resto de homofobia guardado en el subconsciente del que no puedo terminar de deshacerme. Tal vez necesite terapia para alcanzar ese riconcito escondido de mi mente y limpiar mi homofobia de ahí. Que sirvan estas líneas de terapia, pues.

Que se me entienda bien. No es una homofobia de esas que se expresan con una mezcla de odio y miedo, como la que sufren los conservadores y religiosos. Ni siquiera es condescendiente. No creo que la homosexualidad ni la transexualidad se trate de una condición. El gay es, y punto. No, mi homofobia es más sutil, y eso la hace peor, porque está implícita, y a veces, sin querer y contra mi mejor esfuerzo, se me sale. Pero tiene una ventaja: me permite entender un poco mejor a los que la tienen a flor de piel. Comprender su temor y su ignorancia.

A mi generación, como a las anteriores, y tal vez una posterior – a generación Y – nos han criado con el chip de que los hombres debemos ser machitos. Incluso en mi caso, que fui criado en una familia enormemente tolerante y liberal y donde se reprendían las palabras machistas y discriminadoras, crecí rodeado de chicos que usaban la palabra “maricón” con enorme desprecio e incluso llegaban a hacer bullying – que no era una palabra conocida en ese entonces – a quienes no cumplían los exigentes estándares de atletismo, dominio y arrojo que deben caracterizar al macho-macho. Una niñez normal, pues.

Pero hete aquí que el mundo está cambiando, y habemos quienes intentamos cambiar con él. Y en el caso de los derechos de la comunidad LGBT, el mundo está cambiando muy, muy rápido. ¿Quién iba a pensar hace solo 10 años que el matrimonio gay iba a ser legal en tantos países y en tan poco tiempo? ¿Quién iba a pensar hace dos décadas que Hollywood se atrevería a sacar una película como Brokeback Mountain? El avance de los derechos de la comunidad LGBT es pues muy rápido, demasiado para que muchos logremos realmente mantenernos al día.

Y por eso digo que comprendo a los homofóbicos. No comparto con ellos, no me opongo a que el orden se subvierta, todo lo contrario, lo celebro, soy yo mismo un subversivo, pero entiendo por qué a alguna gente le cuesta tanto.

Ayuda mucho tener una buena amistad con alguien de esa comunidad. Al menos a mí me ha permitido ver mucho más allá de lo que los Maestros de la Ley andan enseñando por ahí. Sobre todo, me ha permitido deshacerme de mis prejuicios y mis miedos. Ayuda también tener absoluta certeza de la sexualidad propia. Nunca me he sentido amenazado por un gay, incluso de los más estrafalarios y rimbombantes. O sí, tal vez un poco con estos últimos, pero no por ser hombres, sino con la misma, ni más ni menos, pequeña incomodidad que uno siente ante una mujer sexualmente agresiva. Sí, tal vez también soy un poquito machista, en el fondo. No es pues fácil.

Ayuda, finalmente, ser capaz de ver el bosque en lugar de mirar el árbol. O en el caso de la mayoría de la gente abiertamente homofóbica que conozco, dejar de mirarse el ombligo. Esto es una cuestión de justicia, de admitir que realmente somos todos iguales – o deberíamos serlo, al menos – y que nadie nos da el derecho de juzgar a los demás sólo porque no viven como uno. Tanto es así, que incluso la condescendencia que implica la tan mentada “tolerancia” es discriminadora. Se trata de aceptar al otro, a la otra, como ser humano, con tantas virtudes y defectos como uno mismo. Y tratar de superar la inseguridad propia. Fácil no es, pero de lejos no es imposible tampoco. Es sólo cuestión de abrir un poco el corazón y ser capaz de sentir empatía por los demás seres humanos, a fin de cuentas. Te convoco a intentarlo, vas a ver que al final, paso a paso, no es tan difícil.

Esteban

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