Idiocracia

Posted on 03/08/2016

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beckchalkboard.jpgTal vez ya escuchaste las malas noticias: estamos condenados. Así que cada vez que el noticiero hable de la ruptura de alguna pareja famosa en lugar decubrir el último bombardeo de alguna ciudad foránea, o cada vez que algún político declare que los cuerpos de las mujeres pueden impedir automáticamente el embarazo en caso de violación (sí, todavía hay gente que se cree esta estupidez), tomemos nuestro teclado y anunciemos furiosamente por todas las redes sociales que este triste espectáculo de la humanidad finalmente llegó a acto final.

Lo comprendo. Nuestra especie merece ser sacudida del Tercer Planeta. Resulta, con sólo dar una mirada rápida al Facebook, que a todos nos encanta ser los heraldos de algún apocalipsis, y nuestro apocalipsis favorito es el que nace de nuestra irremediable estupidez. Tomo como piedra de toque cultural para esta parábola el filme de Mike Judge, Idiocracy (2006), aún hoy intensamente hashtagueado cada vez que alguien siente que nos estamos lanzando de cabeza hacia alguna cretina forma de autodestrucción colectiva. Es decir, todos los días.

Idiocracy describía un futuro distópico, 500 años en el futuro, al que es lanzado un hombre, mediocre en todas las formas concebibles, donde la inteligencia ha sido eliminada de los rasgos humanos por disgenesia, y el mundo es un gran despelote. Pero hete aquí que, ahora que tenemos la ventaja de diez años de comprensión retrospectiva desde que se estrenó esta película, y aunque la historia ocurre 500 años en el futuro, uno se siente plenamente confiado al afirmar que, conociendo los rumbos que ha tomado la humanidad en esta última década, tendríamos que haber corrido muchísima suerte si dentro de 500 años acabamos en un mundo como el de Idiocracy.

Permítanme explicarme. Sí, es cierto que el futuro en Idiocracy está gobernado por la estupidez, por la que los luchadores de catch-as-can son elegidos presidentes, Starbucks regala pajas (y no me refiero a las bombillas) y cunde la hambruna porque todo el mundo ha estado regando sus cultivos con alguna cerveza barata. Pero, la verdad es que preferiría este tipo de imbecilidad benigna en mi futuro que la imbecilidad malintencionada que hoy cunde. Hoy en día, no en el futuro distópico de la película, estamos rodeados por personas que abiertamente invocan a la gente a linchar presidentes solamente por el color de su piel, gente que pone bombas en centros de salud materna para impedir los derechos reproductivos de las mujeres,  gobiernos que condenan con la muerte a las personas que aman diferente, y leyes que alientan el porte de armas automáticas en universidades y supermercados, aprobadas a sólo días de haberse producido una matanza que no hubiera ocurrido si se restringiera el uso de armas.

Hay un cuadrante completo de estupidez odiosa que está completamente ausente en el universo de Idiocracy. Todos en Idiocracy parecen ser muy de mente abierta, excepto por el hecho de que llaman “marica” a cualquier cosa que sea demasiado compleja para su comprensión. Pero eso es por un solo hecho muy importante: la gente de la película sabe que es estúpida. ¿Puedes siquiera imaginarte un mundo donde los idiotas saben que son idiotas? Esa sí es una mágica utopía.

El personaje de Luke Wilson debe someterse a un test de inteligencia cuando lo mandan a la cárcel del futuro, para determinar qué tipo de trabajo mejor se ajusta a sus habilidades mientras esté encerrado. De entrada esa parece una muy buena idea. Su inteligencia resulta fuera de toda escala para el promedio del mundo de la película, así que inmediatamente le asignan un trabajo en el gobierno, porque todo el mundo quiere que los más inteligentes se ocupen de resolver los problemas de su país. ¿Aún no estás convencido que Idiocracy es una utopía? Tú vives en un mundo habitado por gente que vota a presidente en función a con cuál de los candidatos pueden imaginarse tomando una cerveza, o en función a cuál de los candidatos gruñe más fuerte a los enemigos, casi siempre imaginarios. Lo único que desean los habitantes de Idiocracy es que gobiernen los más inteligentes. ¡Y el sistema funciona!

Probablemente lo más sorpresivamente ausente en el futuro de Idiocracy y con lo cual bregamos hoy en día es la maldición de imbécil ambicioso. La combinación de estupidez y ambición es la más peligrosa forma de estupidez, porque es además contagiosa. La enfermedad cunde por un extraviado y errado evangelio de palabras muy rimbombantes pero que en el fondo carecen de sentido, reivindicándose “hechos” tales como que México empaca y envía violadores a Estados Unidos, que la llegada de refugiados sirios implica un “genocidio contra la gente blanca”, o que los doctores están tratando de matar a tus hijos de autismo mediante la aplicación de malvadas vacunas que los hacen muy, muy ricos, entre tantas, tantas idioteces que circulan por ahí, infladas además por una “igualación” de opiniones entre grandes profesores y el tendero de la esquina. El punto es que en Idiocracy no hay Donald Trump, ni Boris Johnson, ni Nicolás Maduro, ni Tayíp Erdogan, entre tantas otras perlas que abundan en nuestro universo. En la película no hay un solo personaje que es a la vez estúpido y hambriento de poder. Incluso el personaje del presidente da un paso al costado cuando se da cuenta que hay alguien mejor calificado que él para el trabajo. La verdad que hoy conocemos es que el peligro real no es el típico villero que se traga Laura en América todos los días, sino los idiotas afluentes, los idiotas con dinero, influencia y ambición que no se dan cuenta que son insufriblemente tontos. Bueno, ellos, y todos los idiotas que los siguen y aplauden, que repiten como loros lo que los idiotas afluentes anuncian sin desparpajo, que defienden a capa y espada su derecho a decir estupideces, y que, imposibilitados de usar argumentos inteligentes para defender aquello que es indefendible, acaban por acudir a la violencia para imponer sus idiotas puntos de vista.

Esteban

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