Una teoría de conspiración

Posted on 02/09/2016

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A veces, me gusta contradecirme, sólo para confundir a la gente. Esta es una de esas ocasiones. Defiendo a puño pelado la obligación moral de verificar los hechos antes de publicarlos. Y sin embargo, en esta ocasión, me siento muy compelido a especular sobre la base de rumores, ser malpensado y tratar de atar los muchos cabos sueltos que ha dejado el tema. Para tener paz interior, le llamaremos hipótesis a lo que estoy por relatar, que se sujeta a su verificación o descarte a medida que los pedazos de evidencia vayan apareciendo con el tiempo.

Imagínese, mi estimado lector, el siguiente escenario. Un gobierno, de un país que vamos a llamar Gulevandia, ha logrado una posición hegemónica, casi gramsciana, en el momento en el que está a punto de celebrar su primera década de detentación del poder. Tan es así su dominio del espectro político, que todo intento de organizar una oposición partidaria fracasa, que los medios de comunicación críticos están cada vez más aislados y con mayores problemas para sobrevivir, y, lo más importante, que se cumple como salida de manual la predicción de Sartori, por la que el vacío generado por la ausencia de oposición suele llenarse con la división en facciones del partido dominante. En Gulevandia, esto se ve esencialmente en una facción ligeramente más moderada, más cercana al presidente, y de una ideología más oenegeísta, confrontada con una facción más radical en su comprensión del ejercicio del poder pero a la vez más pragmática ideológicamente, y muy cercana al vicepresidente, que en los hechos es casi un copresidente. El primer grupo lo lidera un ministro que llamaremos Goliat Choquetijlla, pero su ingeniero político en realidad es otro ministro, al que llamaremos Charly Orégano. El segundo grupo lo manejan el vicepresidente Alberto Garza Lanuda y el ministro Remo de la Quinta y Lasexta. Debido a la aplicación real de la teoría sartoriana, Orégano y De la Quinta han llegado a acumular un resentimiento personal muy fuerte, y no por pocas razones.

Por una parte, Orégano tiene conocimiento bien informado, pues él es quien maneja la información de inteligencia interna, de que De la Quinta hace todos los trabajos sucios encomendados, y algunos por iniciativa propia. Orégano piensa que De la Quinta ha reclutado un pequeño ejército de “operadores políticos” encargados de los pagos a dirigentes para mantener su lealtad, de aparecer como palos blancos en los negocios millonarios con los que se financian tanto las campañas electorales como los caprichitos del ministro y el vicepresidente, e incluso entre estos “operadores” se han dado más de un caso de ofrenda sexual al presidente y otros escandaletes que podrían tirar abajo todo lo construido.

Al frente, De la Quinta piensa que Orégano es un riesgo para el gobierno, el partido y el país, demasiado cercano a organizaciones políticas externas, incluso un posible agente encubierto con quién sabe qué motivaciones. Bueno. Sí sabe qué motivaciones. A Choquetijlla le gustaría ser presidente en lugar del presidente. Y teme que puedan hacer cualquier cosa para lograrlo. Incluso impedir la rererererere elección del jefazo. De ninguna manera eso lo van a permitir Garza Lanuda y De la Quinta.

Y sin embargo, casi, casi lo logran. Basados en encuestas prometedoras, Choquetijlla y Orégano convencieron al presidente a que haga un referéndum para ver si el pueblo aún lo quiere. Ególatra inseguro como es, al presidente de Gulevandia le pareció buena idea. El plebiscito se realizaría el año siguiente, y todos, incluidos los de la facción de los apellidos compuestos, tenían que dar lo mejor de sí para la campaña y asegurarse que el jefecito se relegitime para gobernar por diez años más.

Unas pocas semanas antes del referéndum, sin embargo, Orégano, de manera muy secreta y con muchos intermediarios, le contó a su amigo periodista todo lo que sabía de De la Quinta y Lasexta. Este amigo, muy ducho en quehaceres conspirativos y con mucha experiencia en sacar trapos sucios, le ayudó a Orégano a armar una estrategia por la que se involucraría al presidente en un escándalo del que la única manera de salir era sacrificando a su ministro De la Quinta. Así, la facción de Choquetijlla mataría dos pájaros de un tiro: Forzaría una sucesión del mando al final del periodo constitucional para dar chance a Choquetijlla a presentarse como candidato, y posiblemente Orégano sería su compañero de fórmula, y se desharían del nefasto De la Quinta de una vez y para siempre. Los conspiradores estaban, pues convencidos que, con un antecedente además de contrabando que nunca se aclaró pero por el que De la Quinta estuvo exiliado en la frontera por algunos años, el presidente lo iba a guardar donde no estorbe.

La componenda casi, casi funcionó. El referéndum lo perdió el gobierno, creando una grave crisis política dentro del gobierno. Pero De la Quinta, que es más vivo que un zorro, se la olió, y trató desesperadamente, dos días antes del referéndum, de quitarse a Orégano del medio, provocando un incidente espantoso en una ciudad adyacente a la capital en el que perdieron la vida funcionarios municipales que nada tenían que ver con el asunto. La triquiñuela era simple, pero efectiva: los policías, que no tienen particular simpatía por Orégano y sí sienten cierto cariño por De la Quinta por su pasado militar, no intervinieron la turba enardecida que incendió el edificio. El culpable, por supuesto, sería el Ministro de Interiores, Charly Orégano.

¿Efectiva? No tanto. Pagó el pato un viceministro, claramente sacrificado – éste sólo políticamente – para desviar la rabia de la gente y del presidente. Cabeza de turco, pues.

Tras esta ida y vuelta de componendas y conspiraciones, la noche del fatídico referendo ambos ministros se acusaron mutuamente, a gritos y muecas, y hay quien afirma que llegó a soltarse un sonoro puñete, extrañamente propinado del más moderado al ex militar, y no al revés como cualquiera se lo hubiera imaginado.

Pasaron algunas semanas, y tras varios pataleos y metidas de pata, el gobierno logró controlar la crisis, bajar las animosidades, poner una bruja en la hoguera para expiar todos los pecados del presidente, y finalmente los enemistados ministros se quedaron en sus cargos. Ambos.

¡Ah! Pero De la Quintanna, maquiavélico y calculador, para quien mantener el poder es más importante que la vida misma, no se iba a quedar así. De ninguna manera. Había que planificar la venganza. Había que quitarse a Orégano de encima. Tarea nada fácil, pues, como todo político de peso, Orégano tiene sus seguidores, tiene la confianza del presidente, y no es alguien a quien se pueda ajusticiar así nomás. No, el tema debía ser mucho más sutil. Había que hacerlo caer en desgracia.

Unos de los más importantes socios del grupo vicepresidencial, que además se llenó de dinero mientras el gobierno miraba al otro lado, adoradores de De la Quinta por los frecuentes contratos de maquinaria con sobreprecio, de exportación libre de todo gravamen, de contratación de peones en condiciones de semiexclavitud sin nunca someterse a controles del Ministerio del Laburo, eran los capitalistas mineros, disfrazados de asociación solidaria y sin fines de lucro. Sus dirigentes tenían una gran deuda de lealtad con De la Quinta y Garza Lanuda, y había llegado el momento de cobrarla. La excusa perfecta la tenían los ministros leales a garza Lanuda, como el Ministro de Guardatojos y el Ministro del Laburo. Amenazarían con quitarle a los mineros los privilegios que habían acumulado con el régimen. Más simple que el Padrenuestro. Al quitarles los privilegios, se armaría una tole tole que nadie, ni Orégano ni los ministros más Choquetijllistas podrían controlar. Los mineros lo tenían todo para ganar la batalla, o por lo menos trabarla por semanas. Pocos meses antes, Garza Lanuda les había dado permiso para usar dinamitas como instrumento de protesta. Sus números eran enormes, porque movilizarían a todos sus medioesclavos, sin necesitar exponerse los empresarios mismos, y los motivarían con la amenaza clásica: el gobierno les quiere quitar su único medio de subsistencia. En estado de desesperación, el ser humano es capaz de todo, hasta de matar.

Y eso, precisamente eso, era lo que quería De la Quinta. Un muerto. Los manifestantes tenían todo lo necesario para matar: un móvil, un medio y una ocasión. Pero para asegurarse el efecto, faltaban dos ingredientes. El primero, reforzar la motivación, rebajando el nivel moral de la confrontación con un par de muertos de parte de los mineros. Total, eran peones, así que nadie los iba a extrañar mucho. Se le dieron armas letales a un par de policías leales infiltrados, apuntaron esas armas entre las granadas de gas, y en la confusión… No es la primera vez ni el primer gobierno que usa el método. El segundo ingrediente: esperar a que Orégano mande a alguien a negociar, de preferencia alguien de alta jerarquía, y boicotear el operativo de seguridad que esta autoridad requería. Simple. El chófer se fue a comprar dulces. Los policías se distrajeron mirando cómo ardía el coche del Vicministro. Nada que hacer. De la Quinta no pensaba sacrificar la vida de este Viceministro en particular. Era un Viceministro, y eso ya era más de lo que esperaba. En unas horas, el asunto estaba terminado.

Con esto, el conflicto se solucionaría solo: ningún movimiento social puede sobrevivir tras haber asesinado al Viceministro. Los muertos se los cargaría Charly Orégano, a quien el presidente probablemente destituirá tras que se calmen las cosas. El Vicepresidente y el ministro tendrían nuevos enemigos del régimen a quienes vapulear para reforzar la posición política del presidente, subiendo su popularidad. Incluso se podría acusar a algunos periodistas molestos de haber azuzado a los movilizados para matar al Viceministro. Sena quina.

Suena a novela. Pero a veces, la realidad es más extraña que la ficción.

Esteban

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