Una oportunidad para la paz

Posted on 27/09/2016

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Imagen parquedelavida.co

"But that the dread of something after death, —
The undiscover'd country, from whose bourn
No traveller returns, — puzzles the will,
And makes us rather bear those ills we have
Than fly to others that we know naught of?"
- Shakespeare, Hamlet, Act III, Scene I

Si usted, amable lector, mira de vez en cuando algún noticiero internacional, o sigue en las redes sociales a alguna persona que habla de vez en cuando de cosas serias y no solamente cita a Coelho y pone fotos de gatitos, seguramente se habrá enterado que ayer, 26 de septiembre, el gobierno de Colombia y las FARC firmaron un acuerdo de paz, que será sometido a plebiscito este próximo domingo.

Si usted no es colombiano, o no conoce de cerca el proceso histórico de ese país, probablemente dirá “¡qué bien!”, y a otra cosa mariposa. El debate paupérrimo entre un tal señor Trump y una tal señora Clinton, por ejemplo. Déjeme pues, con el mayor respeto y cariño, intentar mostrarle porqué esto es mucho más importante, y mucho más complejo y lleno de desafíos de lo que usted cree.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo, o FARC-EP, o simplemente FARC para simplificar un poco las cosas, han estado levantadas en armas en Colombia desde 1964. En efecto, el conflicto armado con las FARC ha durado 52 años, es decir, tres generaciones completas de colombianos y algo más han estado afectados por esta guerra. No es poca cosa. Para enorme mayoría de sus miembros, o debo decir, casi todos, la guerra fue la única forma de vida que han conocido, desde su nacimiento hasta el día de ayer. Al menos entre 13 y 18 mil hombres y mujeres se criaron, se educaron y se hicieron adultos entre uniformes, rifles y bombas. Entre tres o cinco veces más, probablemente, si se cuenta a los que murieron o se retiraron. Más o menos de la mitad de ellos, además, lo hicieron como combatientes, algunos desde muy tierna edad, esto es, desde los 10, 11 ó 12 años. A veces menos.

Las FARC se formaron en 1964 como brazo armado del Partido Comunista de Colombia, de afiliación moscovita, bajo la lógica de que el PCC ejercería una “combinación de todas las formas de lucha”. El proceso de caída de la URSS y del Muro de Berlín, entre 1986 y 1991, sin embargo, separaría definitivamente ambas organizaciones, escindiéndose definitivamente en 1993. Pero la historia de las FARC no empieza ni termina ahí.

El año de 1964 marca el hito de la formación de las FARC por un suceso terrible, llamado “La Violencia”. Colombia ha sido escenario de conflictos políticos violentos básicamente desde su nacimiento. En 1830, Simón Bolívar, sí, ése cuyo retrato cuelga en nuestras aulas y oficinas públicas, fue asesinado cerca de Santa Marta, y con él el sueño de la Gran Colombia. Sólo nueve años después, estallaría la Guerra de los Supremos, causada por las ambiciones de poder de los gamonales colombianos, que duraría por dos años. Desde ahí, la historia de Colombia sería una de constantes luchas fratricidas por el poder y el dominio de un país, aún hoy, altamente feudal. Entre 1860 y 1862, entre 1899 y 1902, en 1928, 1948, 1953, 1955, y a partir de 1964, la violencia política cotidiana llega a picos que son reconocidos en la historia como guerras o como grandes masacres. En esta turbulenta historia, frecuentemente relatada en las novelas de los grandes escritores colombianos, incluido por supuesto el mismísmo Gabo, Colombia se convierte en un país lleno de contradicciones. A la vez el país sudamericano con la más larga historia de sucesiones presidenciales constitucionales, y el país con mayor número de víctimas de violencia política. A la vez el país con la mayor institucionalidad constitucional y la más moderna burocracia de la región, y uno de los países latinoamericanos con peor redistribución de la riqueza y del poder político. A la vez con mayores éxitos en la promoción de la paz y la transformación de territorios (Medellín es uno de los más importantes ejemplos en el mundo de recuperación post-violencia) y uno de los países de la región donde más dificultades tiene el Estado para llegar a todos los rincones. A la vez uno de los países con mayor clase media en proporción a su población en la región, y uno de los países donde más campesinos sin tierra existen.

En un escenario tan complejo, uno hasta se siente tentado de dar la razón a los levantamientos armados. Pero esa tentación es rápidamente despejada cuando se entiende que una de las razones más importantes para que Colombia sea un país tan complicado y con tantas dificultades es, precisamente, el conflicto armado interno. Los costos de la guerra, no solamente en términos de vidas truncadas, sino también en términos de veteranos heridos que viven en la más absoluta miseria, en términos de personas mutiladas por minas terrestres, en términos de los miles de millones gastados en armas y pertrechos gentilmente dados a precio de rebaja por ciertos países que prefiero no mencionar para no ser calificado de algo que no soy, en términos de los miles de millones hundidos en la economía ilegal de los secuestros y del narcotráfico, en términos de los miles de millones no recaudados por ser, hasta hace poco, un país muy peligroso para vivir e invertir, o incluso para visitar (hasta que se convirtió, hace poco, el país en donde el riesgo es que te quieras quedar), todos estos fueron factores que pesaron mucho en el intento de generar una torta lo suficientemente grande para poder ser repartida entre todos. Era pues, un círculo vicioso.

La firma de la paz con las FARC es, pues, un enorme salto de fe. Poner un alto a la violencia política –al menos parcialmente, ya veremos por qué– es un hecho histórico de enorme significancia, que permite ampliar los esfuerzos de Colombia por desarrollar los territorios que las FARC irán abandonando. Significa, también, su legalización como fuerza política democrática, que podrá plantearle al pueblo colombiano su propuesta en las urnas, y será el pueblo colombiano, no las armas ni las intervenciones extranjeras, el que decidirá si las acepta o no. Pero es un acuerdo altamente imperfecto, y los propios colombianos sienten una profunda desconfianza hacia él. Y esto es lo que preocupa.

Personalmente, entiendo perfectamente esta desconfianza. Me parece natural. Cuando no se conoce más que la guerra, un futuro de paz es, como lo dice Shakespeare, tierra desconocida, the undiscover’d country. Y lo desconocido siempre asusta. Comprendo, también, que las condiciones del tratado de paz no satisfacen a todos, en especial a aquellos que, con cierta justicia pero poca capacidad de perdón, estarían mucho más contentos con una derrota aplastante a quien le hizo daño, a él o a los suyos, con más sabor a retribución que a redistribución. Tras cinco décadas de conflicto, sin embargo, a mí se me hace evidente que, con todo, tal derrota aplastante sería simplemente imposible. Comprendo, finalmente, que tras décadas de insistir en que la guerrilla era una banda criminal y no una fuerza armada legítima, se haga ahora tan difícil comprender que a esa banda criminal se le esté ofreciendo facilidades, incluso subvenciones, para integrarse a la sociedad. La grandeza de corazón que exige comprender semejante proposición va mucho más allá de lo que se le puede exigir a una persona normal. Comprendo, finalmente, la desconfianza en llamarle paz al proceso –y aquí viene lo de “parcial”– cuando no se desmoviliza una facción disidente de las FARC, ni se desmoviliza otro ejército irregular, el ELN, último vestigio de las guerrillas comunistas-cristianas (como el FMLN y el FSLN en Centroamérica, ambos convertidos en partidos políticos exitosos, más allá de lo largamente que se pueda discutir sobre la calidad de la democracia en Nicaragua, por ejemplo). El proceso está, evidentemente, incompleto. Pero nadie dijo que esto se acaba el 2 de octubre. Aún se debe seguir construyendo la paz, y este paso decisivo marca claramente un antes y un después que, de desperdiciarlo el pueblo Colombiano, se podría convertir en la peor oportunidad perdida de la historia. Por ello, y sólo por ello, si alguien me lee en Colombia, o algún amigo colombiano que vive fuera de Colombia, que tengo muchos y muy queridos, con el mayor cariño, sin proselitismos y sin alzar falsas esperanzas, le pido, le suplico, vote Sí el próximo domingo. Las imperfecciones se podrán ir resolviendo en el camino. Denle una oportunidad a la paz.

Esteban

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