Antiintelectualismo

Posted on 08/10/2016

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aliensHace poco entré, sin realmente estar del todo consciente a qué me estaba metiendo, a un par de polémicas muy interesantes, pero que al mismo tiempo me han dejado una profunda preocupación. En esta mi manía (algo masoquista, debo admitir) de tratar de desmontar todos los mitos sobre los cuales pueda poner mis manos, me he encontrado con algunos fenómenos muy interesantes, pero también muy preocupantes.

Antes de proseguir, sin embargo, debo por anticipado pedir disculpas si llego a lastimar algunas sensibilidades. No es nada personal, y ciertamente no estoy subestimando la inteligencia de nadie. Los seres humanos tenemos innato un instinto irracional que nada tiene que ver con la capacidad cognitiva ni con la cantidad de educación recibida – al menos si uno habla de la educación tradicional que incluye todo un proceso de adoctrinamiento en conceptos tan irracionales como el nacionalismo o la devoción religiosa. El fabuloso trabajo de Robert Todd Caroll, “Becoming a Critical Thinker – A Guide for the New Millennium” demuestra cómo una persona sola, incluso una muy altamente entrenada en pensamiento crítico, no puede separarse de sus necesidades emocionales, inseguridades y necesidad de aceptación social, ni puede escapar de los valores y principios intrínsecos, esto es, las ideas preconcebidas sobre lo que es o no es importante, y sobre lo que está bien o está mal. Todo esto es enormemente subjetivo, y es tan irracional como lo que el pensamiento crítico combate el pretender juzgar a personas individuales por estas irracionalidades. Es una parte esencial de la experiencia humana, y seríamos meros robots si no tuviéramos estos instintos irracionales. Ésta, y solo ésta, es la razón por la cual la epistemología moderna insiste tanto en que el conocimiento es una construcción progresiva y colectiva, sujeta a reglas muy estrictas de revisión de pares, y capaz de repasar, hoy en día, no sólo las teorías más aceptadas, incluso cosas que creíamos que eran leyes inmutables y axiomas absolutos. Y eso está muy bien.

Ahora bien, dicho esto, es muy importante advertir, y este es el punto de esta entrada de blog, que el antiintelectualismo es, dicho de manera muy simple, el aprovechamiento político de estas irracionalidades. A veces, los esfuerzos de ciertos grupos de interés –bastante marginales, por cierto- por promover el antiintelectualismo son obvios. Páginas web como www.despiertavivimosenunamentira.com, www.ecoportal.net (que mezcla recurrentemente ciencia y pseudociencia como si fueran equivaletes),  o, mi favorita, www.noticiasfinales.com, parecen demasiado obvias en su difusión de supersticiones, teorías paranóicas, pseudociencia y abierta mentira. Palabras como Iluminati, Nibiru, Tierra Hueca, OVNI o Anticristo o Nuevo Orden Mundial son simplemente demasiado recurrentes en estas páginas, y miles como ellas, como para no darse cuenta que están plagados de patrañas. Sin embargo, mucha gente que conozco, gente inteligente y educada, en algún caso incluso muy inteligente y con educación post-universitaria, replica regularmente algunos de los panfletos que estas páginas hacen circular. Muchas teorías ampliamente desacreditadas con pruebas contundentes y un análisis rigurosísimo siguen dando vueltas recurrentemente y repitiéndose años tras año tras año, mucho más desde la popularización de las redes sociales. ¿Que si un “cuerpo alcalino” cura el cáncer? Check. ¿Que si todos los médicos del mundo están confabulados para enfermar a la gente para que compren medicinas caras? Check. ¿Que si la Tierra está girando mucho más rápido y por eso nuestra percepción es que el tiempo vuela? Check, y además con convicción militante.

Si ideas tan jaladas de los pelos son tan populares entre tanta gente, incluso gente que debería saber más que el promedio, ¿se imaginan la gravedad de asunto cuando se trata de ideas bastante más difíciles de demostrar que son equivocadas, repetidas sistemáticamente a un público por lo general ignorante, crédulo y asustado? Muchas de las ideas promovidas por el antiintelectualismo tienen un pie en la verdad y otro en la fantasía. La evidencia del 1% privilegiado se convierte fácilmente en un compacto club de “dueños del mundo”. La dura evidencia histórica de la política internacional excepcionalista de Estados Unidos se convierte en una conspiración permanente contra los gobiernos autonombrados “progres”. El comportamiento inadecuado de una irrelevante presentadora de televisión se convierte en una muy conveniente demostración de cuán malvados que son los extranjeros, la desafortunada publicidad de muebles 100% cuero se convierte en prueba irrefutable de la perversión de la sociedad.

La experiencia humana contemporánea es tan compleja, el mundo moderno tan grande y a la vez tan conectado, la incomprensión de fenómenos naturales, sociales, económicos o políticos tan común, que las respuestas – cualquier respuesta – son aceptadas sin darle una segunda reflexión. ¿Puede usted, mi querido/a lector/a, decirme con absoluta sinceridad, con la mano en el pecho, que si alguien le ofreciera las respuestas a las preguntas que tiene en su cabeza desde niño/a, no se detendría a escucharlo?

Pero bueno, me dirá usted, ¿y qué tiene de malo? Al final, la gente necesita esperanza, necesita saber que su existencia no es vana, necesita pertenecer. Tú mismo, me replicarán, has dicho más arriba que la gente es inherentemente irracional. Todo esto es normal, ¿no?

Pues sí, en principio. Pero aquí es donde está el problema. No somos sólo usted y yo que sabemos de la irracionalidad y credulidad de los humanos. También lo saben muchas personas que viven de ello. Desde directores de marketing hasta pastores religiosos, desde ingenieros políticos y jefes de campaña hasta p’ajpakus de la Plaza San Francisco, desde curacas y brujos hasta gurús de la autoayuda, todos ellos saben de esta debilidad humana, y saben cómo aprovecharse de ella.

Algunos, felizmente la mayoría, sólo usan este conocimiento para conseguir tu voto, o timarte unos pesos, o venderte un producto que realmente no necesitas. Pero algunos usan la credulidad para acumular poder. De este grupo, una parte, felizmente la mayoría, te cuenta cuentos de amigos imaginarios, curas milagrosas para la prostatitis y la pobreza aguda, promete felicidad y amor, y así acumula poder e influencia, replica los discursos antiintelectuales, se esfuerza en embrutecer a más gente para acumular más poder, y normalmente acaba muy bien parado, sale en algunas portadas y se muere feliz.

Pero algunos, y este es el verdadero peligro del anttiintelectualismo, se aprovechan de la credulidad y de las más locas teorías para crear, ya no amigos imaginarios, sino enemigos imaginarios (o reales, pero groseramente generalizados y caricaturizados, con dotes casi mágicos para hacer avanzar sus viles intenciones, que al final es lo mismo), llámense Iluminatis, judíos, el “imperialismo”, los infieles, los antipatrias, los musulmanes, los del país vecino, el Nuevo Orden Mundial, o, el mejor de todos porque ni siquiera requiere definición, “ellos”. Ya no crean curas milagrosas, te convencen que “ellos” te quieren enfermar, que te quieren pobre, que te quieren infeliz, que te prohíben el amor, y que por tanto hay que odiarlos, sin decirte jamás que es un enemigo que, justamente por ser imaginario, es imposible de vencer, y por tanto no hay más esperanza que aferrarte a “su” verdad. Esos son los Hitlers, los Pol Pot, los David Koresh, los Bin Laden, los Trump, los Maduro, los Mugabe, los Erdohan del mundo. Estos señores llegaron a tener el poder que tuvieron, gracias a la credulidad de la gente y al uso del antiintelectualismo. Este es el fenómeno que explica votaciones suicidas en países en los que la democracia se reduce a un acto meramente formal. Y ese, señores y señoras, es el peligro.

Esteban

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