Falsas equivalencias

Posted on 01/11/2016

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orlando-ferguson-flat-earth-map_editHace algunos días tuve el gusto de participar en una interesante discusión en las redes sociales que buscaba una explicación al fenómeno Trump, y buscaba trazar algunos paralelos entre dicho fenómeno y algunas de las experiencias que hemos tenido en los últimos años a este otro lado del Río Grande, en especial en los países de cierta alianza bolivariana. En todo lo interesante de la conversación, una de las posiciones más orientadas a aplaudir y justificar el surgimiento de estos movimientos populistas y antisistémicos planteaba una tesis que me ha preocupado bastante, y creo injusto mantener en la esfera privada del muro de un amigo la reflexión sobre el tema. Empiezo por citar a mi interlocutor para que sepamos todos de qué estamos hablando:

“[El] miedo es un factor que profesionales de la comunicación (léase políticos) van a capitalizar. Si no lo hacen, entonces no saben hacer su trabajo. Acerca del anti-intelectualismo, me parece que es una definición incorrecta y un tanto arrogante que implica que un sector de la población (léase instituciones que se benefician con el status quo) es dueña de la verdad y la otra parte son unos ignorantes. En el caso de UK, las ideas separatistas del Brexit no son nuevas y los sectores liberales acariciaban ese anhelo desde el principio. Cuando uno ve el desastre que es la Unión Europea, uno no los culpa. Sin embargo, cuando se trata de debatir los pros y cons, son inmediatemente tildados de racistas e ignorantes por la otra parte. […] Al final, lo que muchos llaman movimiento intelectual es simplemente un movimiento colectivista donde una “élite” sin control trata de acaparar poder.”

Dicen que en el amor y la guerra todo vale. Dicen también que la política es la guerra por otros medios. Haciendo el silogismo del dicho popular, resultaría que en la política todo vale. Esta parece ser la posición de nuestro amigo, y de millones, sí, millones de personas en el mundo entero, que consideran la política como un arte más gutural que sutil, más un espectáculo de catch-as-can verbal que una contraposición de ideas de política pública. Esto se viene arrastrando ya por décadas, y cada ciclo político es peor que el anterior porque eso es lo que exigen las masas.

Pero resulta que la premisa inicial no es correcta. No todo da igual. El antiintelectualismo, como término que engloba la práctica de utilizar estas emociones e irreflexiones para lograr un beneficio (económico o político), utiliza recurrentemente esta falsa equivalencia entre ideas bajo un discurso maniqueo exactamente igual al planteado por nuestro amigo: la “élite intelectual” quiere acaparar todo el poder y es antidemocrática al tildar de sonsos e ignorantes al resto. Falso, pues. Hay élites en la sociedad, hay intelectuales en la sociedad, y hay intelectuales de élite en la sociedad, de eso no hay duda. Lo que no existe es una entelequia organizada y con fines comunes a la que se le pueda llamar “élite intelectual”. Es una simple cuestión de números: Si la población mundial es de siete y medio millardos de personas, eso significa que el famoso “1%” son setenta y cinco millones de personas. Se necesitarían 750 estadios Maracaná para reunir a toda la élite más privilegiada del planeta. Se necesitarían dos áreas metropolitanas de Tokyo enteras para alojarlos. Si los que además de privilegiados son intelectuales, posiblemente estaríamos hablando de un tercio de este gigantesco número. Siguen siendo 250 Maracanás y toda el área metropolitana de Nueva York.

Pero asumamos que el número en realidad es muchísimo menor. Llamemos “élite intelectual” a un número muy acotado de líderes políticos y tecnócratas muy estratégicamente ubicados en la Comisión Europea, los bancos multilaterales, los bancos centrales de los países de la OCDE, algunos puestos estratégicos de los gobiernos del G20 y algunos académicos de las 50 universidades más prestigiosas del mundo. Esto parece ser más o menos descriptivo de esta élite, ¿verdad? Aún así, estamos hablando de unos cuantos miles de personas. Si a tres personas nos cuesta tanto ponernos de acuerdo en una discusión política, ¿se imaginan lo que sería para esta “élite” ponerse de acuerdo en una agenda de dominación mundial? Tal vez un ejemplo ilustrativo sea el Protocolo de París sobre el Cambio Climático. Tomó 25 años que tantos líderes políticos y científicos se pusieran de acuerdo, y eso es considerando que el documento final quedó muy mermado debido a las negociaciones que fueron necesarias para que algunos países lo acepten. Si así es cómo van a dominar al mundo, francamente les deseo buena suerte, que la van a necesitar.

Pero el discuso maniqueo es solamente la falacia inicial. Sirve para abrir la puerta a la falacia a la que nos referimos más arriba: la falsa equivalencia. Asumen los promotores de este discurso antiintelectual (y los ingenuos que las siguen) que todas las ideas son igual de válidas. Acá debo andar con mucho cuidado para que no se me malinterprete. Puede, efectivamente, asumirse, y es recomendable hacerlo en aras de la democracia y del debate abierto de ideas, que son equivalentes, por ejemplo, las escuelas Smitheana y Keynesiana de la economía. Por supuesto, habrán quienes defiendan una u otra posición con la misma pasión y convicción inconmovible con la que se defiende la idea de que la Tierra es redonda, pero a diferencia de esta última, en estos casos hay un relativismo incontorneable que hace plenamente válida la contraposición y discusión de estas ideas, e incluso la lucha por ellas en la arena política. Pero hay otras “ideas” que no son equivalentes, y son éstas a las que recurre permanentemente el antiintelectualismo, con tanta insistencia que han llegado a convencer a mucha gente de que son necesarias y útiles al debate político. Ideas como que el calentamiento global es un cuento chino, que se debe enseñar el creacionismo en clase de biología, que reconocer igualdad de derechos a las personas homosexuales destruirá la civilización occidental, o que la Unión Europea es un desastre (no que tiene falencias importantes en su manejo burocrático o en la construcción de su gobernabilidad, sino un desastre absoluto condenado al colapso inminente), ideas que no tienen sustento fáctico alguno y que tienen la única y exclusiva intención de generar una ventaja política o económica injusta.

Esta falsa equivalencia es peligrosa por dos cosas. Primero, facilita el acceso a posiciones de toma de decisión a fanáticos y demagogos de los que ya hemos hablado en una entrada anterior de este Blog. Segundo, propone la descabellada hipótesis de que la superación de la brecha educativa pasa por igualar hacia abajo, en lugar de propugnar superarla con la mejora sustancial de la educación del pueblo. La ironía de esto es que este “igualar hacia abajo” en términos de conocimiento y capacidad de reflexión lo plantean principalmente (aunque no exclusivamente) personas de ideología diametralmente opuesta al marxismo, que plantea la igualación hacia abajo en términos económicos. Los que plantean la falacia del “marxismo cultural” (vaya uno a saber qué es eso exactamente) son los mismos que quisieran que todos seamos igual de ignorantes. Total, en el país de los ciegos, el tuerto es rey.

Esteban

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