De periodistas y perriodistos

Posted on 21/02/2017

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En la estela dejada por la surreal “entrevista” (sólo es posible mencionarla entre comillas, porque así la promocionaron pero de entrevista no tenía nada) a la ex novia de Evo Morales, Gabriela Zapata, el escritor Fernando Molina hizo una afirmación, corta pero contundente, que lleva a una muy necesaria reflexión. “El periodismo boliviano: en su nivel más bajo desde la reconquista de la democracia”, escribe en su cuenta de Facebook, desatando apasionadas posiciones y provocando, al menos en mí, que me sentara un rato a pensar en el tema y escribir unas pocas líneas en este blog que por lo vertiginoso de los acontecimientos anda cada día más abandonado por su autor. Me disculpo por ello.

Primero, es necesario hacer dos aclaraciones. La primera, es que, si bien tomo el post de Fernando como provocación, no es un debate con él. No me voy a sumergir en el ejercicio entretenido pero vano en el que se han enfrascado él y Diego Ayo. La segunda, es que no soy periodista, ni he estudiado Ciencias de la Comunicación, y mis conocimientos del lado de la oferta de contenidos informativos se limita a este blog y algunos comentarios no demasiado serios en mi cuenta de Facebook. Hablo más bien desde la palestra de la demanda, del consumidor – ávido, además – de información. Es desde ese punto de vista que opino ahora, y no pretendo ni mucho menos enseñarle a los periodistas cómo hacer su trabajo. Sólo anoto lo que veo, como en el cacho.

Dicho esto, creo, en primer lugar, que la afirmación no es una generalización burda. Decir, por ejemplo, que el fútbol boliviano está en su peor nivel desde la clasificación al Mundial en 1993, aún si omite los enormes méritos de jugadores como Escobar o Callejón (para que no se me enojen mis amigos bolivaristas), y deja de lado las recientes glorias de clubes paceños en partidos de Copa Libertadores, no deja de ser una verdad. Objetivamente, comprobablemente, con evidencia que lo sustenta, el fútbol boliviano, como conjunto, como entidad, está en un muy mal nivel. Lo mismo, pues, puede decirse del periodismo boliviano. Y, al igual que el fútbol, esto no es nuevo, es algo que se viene arrastrando hace mucho, pero no es una condición constante, sino una espiral descendente, y la “entrevista” a Gabriela Zapata ha sido el tocar fondo. Por tanto, tampoco quienes refutan los argumentos que se presentaron en la discusión en el muro de Fernando con que “esto no es nuevo” tienen un argumento sólido. No es nuevo, pero es cada vez peor.

¿Cuáles son los indicadores de esta decadencia? ¿Se puede objetivamente afirmar esto, o es solamente una percepción al calor del momento, azuzada por alguna especie de nostalgia? Ese podría ser un argumento más sostenible para quienes afirman que la de Fernando es una generalización burda.

Empecemos la disección separando los medios escritos de los audiovisuales. Los primeros, se nota en algunos de ellos, al menos hacen el esfuerzo de hacer un trabajo profesional. Página Siete y Los Tiempos, entre los de más difusión, destacan por su propio mérito, aunque también han tenido, ambos, metidas de pata espectaculares. Pasquines como Cambio o, cada vez más, La Razón, ni siquiera merecen mención en el análisis. Todos saben qué son, incluyendo sus propios periodistas. Pero hasta ahí llega el mérito. Como lector empedernido de periódicos, no puedo sino hacer comparaciones odiosas con otros medios escritos de países vecinos, ya ni qué hablar de periódicos del “mundo occidental”, y concluir, con mucha pena, que estamos muy, muy lejos. Pero, de nuevo, hay un esfuerzo, y lo reconozco. Casi todos los periodistas bolivianos a los que sigo y a los que respeto enormemente están más vinculados a los medios escritos, y no es casualidad.

Luego están los medios audiovisuales. Aquí no puedo más que emitir un sonoro suspiro y, siendo ateo y todo, soltar un “Ay, Dios mío”. No sé ni por dónde empezar. Comprendo los desafíos que se presentan. Son los mismos que han causado una grave crisis de credibilidad en el mundo entero. Las falsas equivalencias, las “noticias” sin fundamento en evidencia, la desesperada necesidad de facturar en grande para sobrevivir, la información convertida en showbiz, todos estos temas son más o menos universales y han sido ampliamente discutidos en el mundo entero por gente muchísimo más calificada que yo, sin que hayan encontrado una solución. La propuesta que más me gusta es separar el dinero de los noticieros, que surgió en Estados Unidos durante la reciente campaña electoral, y suena muy interesante. Pero además de estos problemas tan severos, en Bolivia se suman el hambre y las ganas de comer. Reporteros en situaciones paupérrimas y muy limitados de recursos tanto físicos como intelectuales, salas de edición donde lo único que importa es el efecto shock hasta de las noticias más triviales, titulares sensacionalistas y encima repletos de faltas de ortografía, musicalización de las notas como si se trataran de una película para manipular emocionalmente al espectador, insistencia ad nauseam con noticias políticas cuya agenda la fija el poder (¿cuándo fue la última vez en Bolivia que los medios fijaron la agenda mediática? Ah, sí, bien o mal, Carlos Valverde lo hizo, hace poquito más de un año, con el tema de, sí, Gabriela Zapata. Y Valverde no es periodista, y su medio era bastante “alternativo”). Y la lista de pecados sigue. Banalización de la violencia, “humor” interno y que sólo interesa a los propios periodistas, casi completa ausencia de producción y guionización, casi completa ausencia de investigación, repetición de lo que dijeron los personajes públicos sin siquiera comprobar si la afirmación es cierta o buscar la contraparte… Todo esto es pan de todos los días.

Ahora, agreguemos a la mezcla el ingrediente activo: una grave, gravísima captura de los medios por parte del poder. El medio que no es abiertamente paraestatal le es funcional. El que intenta ser independiente está frito, porque el Estado domina por completo el mercado de la publicidad. De nuevo, mucho se ha escrito sobre esto, y por gente mucho mejor calificada, así que no voy a ahondar. Y falta el último ingrediente, ese del que nadie habla, el secreto de la receta que le da su particular sabor: la total carencia de capacidad de autocrítica. Al gremio de los periodistas, y al gremio de los dueños de medios, que no es lo mismo pero actúa igual, no le entra una jeringa al poto. Son santos, sabios, iluminados, el último bastión de la libertad, los que saben qué es bueno para el lector, para el radioescucha, para el televidente. Los que agarran sus libros de teoría de la universidad para golpear con ellos en la cabeza a los pobres ignorantes consumidores que nos atrevemos a pedirles más, mejores productos, mayor calidad. Y si quien exige es también del gremio, ¡guay de él o ella! Es un traidor, un enemigo de la libre expresión. Todos se dan por ofendidos y personalmente insultados cuando uno no les aplaude.

Pero, y al final, ¿por qué habría de preocuparme? Al final, es su problema, ¿no? Pues no. El desprestigio de los medios abre las puertas al autoritarismo. Los medios que se atreven a cuestionar el poder siempre son acusados de manipular la verdad – o directamente mentir – pero esas acusaciones deberían caer en saco roto si los medios logran la suficiente credibilidad. Cuando los propios medios se sabotean ellos mismos con su mediocridad, con su afán de generar audiencia a costa de lo que sea, especialmente de su ética, cuando Jimmy Iturri intenta ganarse el favor del poder y a la vez tener el rating más alto de la historia de la televisión boliviana mediante un bodrio como el del domingo, ahí es cuando se legitima la burda acusación del poderoso, ahí donde la libertad de expresión es la que acaba realmente amenazada. La única manera de defenderla efectivamente es siendo cada vez mejores.

Esteban

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