Desmistificar la coca III: El regreso de la oligofrenia.

Posted on 14/03/2017

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Dicen que la coca embrutece. Yo siempre había pensado que el dicho se refería a los efectos secundarios del consumo intensivo de la hojita. Por la calidad de las discusiones en las redes sociales en recientes días, me doy cuenta que el embrutecimiento viene de las posiciones estúpidamente fundamentalistas de uno y otro bando, los que creen que la hojita en cuestión es un regalo divino, y los que creen que es un engendro del demonio. Ya los que se dan cuenta que es una pinche planta son muy escasos. Como vivimos, además, en una época de extrema polarización en la que la razón y los hechos son lo que menos importa, en la época de la post-verdad, pues, la verdad es que personalmente he sentido la urgencia de envolver mis dedos alrededor de algunos cuellos y apretar lo más fuerte posible. Cuento hasta diez, y elijo más bien tratar de explicar el tema, esperando que alguien, alguien en este pobre país, escuche y se de cuenta de lo estúpido que es todo esto.

En dos entregas anteriores, hace ya unos años ambas, hemos discutido este tema. Como franquicia hollywoodense, hace falta volver a repetir, con algunos elementos nuevos, para tratar de que alguien me compre las entradas. En fin, ahí voy.

Primer tema. Es necesario salir del universo mítico y poner los pies en la tierra. La coca es una planta, con ciertas propiedades bioquímicas, entre las cuales está la presencia de un alcaloide que, refinado, constituye un estimulante muy poderoso pero a la vez muy adictivo y peligroso. Esa es su maldición. Pero me estoy adelantando.

Una planta, como cualquier otro producto de la naturaleza, es amoral. A una planta poco le importan las miserias humanas ni sus disputas sobre sus cualidades divinas o malditas. La planta es, y punto. Primera cuestión a quitar del debate: las cualidades morales o inmorales de la hoja de coca. No hay tal, y es absurdo discutirlas.

Segundo tema. Los pueblos andinos de Bolivia y Perú, incluso del norte argentino, han aprendido a usar esta dichosa hoja para aliviar sus males. No hay duda sobre esto. De nuevo, estoy hablando desde una perspectiva amoral. Si esto está bien o está mal, no es el objeto de discusión. Es un hecho, y listo. Por siglos, la coca ha sido parte de la vida cotidiana por estos lares. Un estudio realizado el año 2012 por la fundación Vanderbilt señala que 36% de los bolivianos adultos consume coca de la manera tradicional (acullicu) habitualmente, otro 31% lo hace solo con fines medicinales, y tanto como 80% de los bolivianos adultos consume coca bajo la forma de infusión. Es posible que las cifras hayan bajado en estos 5 años, pero no creo que lo hayan hecho de manera espectacular. Pero resulta que ahora salta la mojigatería y las cifras, replicadas por el ministro Romero en la reunión de la Comisión sobre Estupefacientes de las Naciones Unidas, han hecho saltar a cualquier cantidad de “moralistas” que afirman jamás haber tocado una hoja de coca y que si la cifra fuera cierta andaríamos todos rumiando como auquénidos por las calles. ¡Extraña manera de entender las estadísticas! Segundo tema que hay que sacar de la discusión: yo  (y mi entorno inmediato) no acullico, por tanto muy pocos lo hacen. Esta es una total falacia, y distrae de la discusión de fondo. Asumámoslo.

Tercer tema. El gobierno no ha ampliado la superficie de cultivo de coca con la reciente ley. Lo que ha ampliado es la superficie de cultivo legal. La diferencia es sutil, pero muy importante. Y este es el tema de fondo. Diferentes fuentes dan una superficie real de cultivo de coca en Bolivia de entre 25 y 30 mil hectáreas. Esto es gigantesco. 30 mil hectáreas son tres millones de metros cuadrados. Una parte importante está al interior de parques nacionales, implicando deforestación y graves daños ambientales. Otro tanto ha desplazado cultivos de alimentos, particularmente en Los Yungas de La Paz, reduciendo fuertemente la producción fundamentalmente de frutas. La legalización de 70% de esta superficie cultivada es una señal negativa porque estimula a los productores a seguir ampliando sus cultivos con la esperanza de una nueva ampliación en el tiempo (algo muy similar a las regularizaciones de autos chutos o al registro de comerciantes informales), mucho peor cuando esta ampliación no tiene más justificación que la estrictamente política, dado que el gobierno está en franca captura por las asociaciones de cocaleros, cuyo presidente es el mismísimo Evo Morales. Aún el estudio más optimista da que el consumo tradicional del que hablamos arriba da como superficie máxima necesaria las 14 mil hectáreas. Estudios más creíbles bajan esa cifra a la mitad. Para nadie es secreto, además, que no existe una demanda para consumo tradicional de la producción de las 7700 hectáreas ahora autorizadas en el Chapare, pues tanto su calidad (la hoja es dura y amarga) como su fuerte contaminación con agroquímicos (que además no se pueden lavar) hacen que sea imposible su consumo en estado natural. Y este es el tema de fondo, y el único que deberíamos estar discutiendo. Estas entre 7000 y 14 mil hectáreas de cultivos que no van al consumo tradicional, salvo un porcentaje minúsculo destinado a algunos usos industriales de muy pequeña escala, tienen un solo mercado posible: la producción de cocaína. Este, y no otro, es el problema. Dejaremos pues de distraernos con moralinas y mojigaterías, y hablemos de alternativas reales para reducir estos cultivos excedentarios, que eso es lo que son, mediante medidas reales de desarrollo alternativo, presencia efectiva del Estado, mecanismos de prevención e interdicción que no militaricen el campo, programas de salud pública para disminuir el consumo de estupefacientes, y una seria discusión sobre el fracaso de la “guerra contra las drogas”, un cambio radical de estrategia y (ya empiezo a oír en mi cabeza sus furibundos comentarios) pensando en serio en la despenalización de las drogas.

Esteban

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