سوريا‎‎ [Sū • ri• yā]

Posted on 07/04/2017

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(c) Bulent Kilic/Agence France-Press – Getty Images

 

Siria es el ejemplo de manual de la maldición de la geopolítica. Ubicado sobre la antiquísima Ruta de la Seda, que hasta el día de hoy es un entronque estratégico de comunicación entre Europa y Asia, el territorio originalmente habitado por los bíblicos Arameos ha sido conquistado por  egipcios, asirios, babilonios, persas, griegos, romanos, bizantinos, sarracenos, selyúcidas, y en el siglo XVI por los turcos otomanos, que la retuvieron hasta 1833, en que fue conquistada por Mehmet Alí, quien la devolvió a los turcos en 1840.

Los turcos siguieron siendo dueños de Siria hasta ser expulsados de ella por los ingleses, al final de la Ia Guerra Mundial. Francia había mantenido sus reivindicaciones políticas sobre Siria, y su posición fue reconocida por el infame acuerdo Sykes-Picot que dividió en dos los protectorados europeos en el Levante. Francia mantuvo el territorio sirio bajo su dominio a pesar de reconocerle cierta autonomía desde 1930, y le prometió independencia en 1938. Tras el colapso de Francia en la IIa Guerra Mundial, Siria se mantuvo fiel al Gobierno de Vichy. Habiendo escogido el bando equivocado, fue derrotada por los ejércitos aliados, volviendo a ser ocupada por ingleses y franceses libres desde 1941. Terminada la guerra, finalmente fue reconocida la independencia siria. Llegó la independencia, pero no la paz: Por su ubicación estratégica, la recién nacida República Siria fue uno de los tantos escenarios de la Guerra Fría.

Las dos superpotencias se jugaban posiciones y áreas de influencia en todo el Medio Oriente, y la URSS acabó logrando bloquear la hegemonía gringa en Turquía, Jordania e Israel con la presidencia de Gamal Nasser en Egipto y Chukri el-Kuatli en Siria, formando ambos una efímera confederación árabe, saboteada desde Washington y Bagdad.

En 1970, Hafez Al-Assad tomó el poder mediante un golpe de estado, al mando del partido Baath, fuertemente respaldado por la URSS. Al-Assad gobernó hasta su muerte el año 2000, y heredó el cargo su hijo, Bashar, quien gobierna hasta hoy, refrendado en una elección de partido único, con 99,7% de los votos. Sí, 99,7%. ¿Testimonio de legitimidad? Ni por las tapas. Testimonio de que las elecciones son requisito necesario, pero no suficiente, para la democracia.

En diciembre de 2010, siguiendo la ola de la Primavera Árabe, partes de Siria, en especial la ciudad de Alepo, se levantan en manifestaciones –todavía pacíficas– que son duramente reprimidas por Al-Assad. En lugar de acallar la rebelión, esta acción alimenta su llama, desatando la guerra civil que dura ya siete años y lleva más de 400 mil muertes, además de causar una crisis de refugiados de dimensiones épicas.

Entender esta guerra civil y el involucramiento –extremadamente torpe– de las potencias occidentales no es tarea fácil. Con cerca de 30 facciones combatientes, incluyendo Al-Nusra, la división siria de Al-Qaeda, y Daesh (ISIS para los que implícitamente los reconocen como Estado), pero también la Hermandad Musulmana, Hezbola y el propio gobierno sirio. La propia composición étnica y cultural de Siria, al ser parte de la Ruta de la Seda y estar en la encrucijada entre el mundo occidental y Asia, es sumamente compleja. Árabes sirios, griegos, armenios, asisiros, kurdos, circasios del Cáucaso, medeos y turcos; Musulmanes sunitas, alawitas, drús, medeos, chiítas, salafitas y yazidies, además de cristianos, ortodoxos y católicos pero también armenios y siriojacobitas, e incluso algunos judíos, todos cohabitan, o cohabitaban, el territorio sirio.

Además de megadiversa, la población siria es sorprendentemente grande. En un país de 185 mil kilómetros cuadrados, habitan (o habitaban antes de la guerra) 22 millones de personas, cerca de 40% de los cuales tenía entonces menos de 13 años de edad. En su gran mayoría, los sirios viven cerca de la costa del Mediterráneo, sobre todo en dos grandes ciudades, la capital Damasco y la ciudad de Alepo, cada una con unos 5 millones de habitantes. La imagen que tienes en la cabeza, que te la grabaron los medios, esa del pueblito en medio del desierto, simplemente es errada.

Si el escenario doméstico de la guerra te parece complicado, espérate a que te cuente el escenario internacional.

Si bien la reputación de las Naciones Unidas no es de las mejores, sobre todo por una guerra propagandística proveniente de los más rabiosos nacionalistas, la verdad es que ha logrado mucho en estos 60 años. No lo parece, pero la cantidad de guerras y de crímenes de guerra total ha ido disminuyendo paulatinamente. Si no me crees, revisa las estadísticas. Sin embargo, la ONU tiene un muy serio defecto. Para las decisiones más importantes, debe pasar por su Consejo de Seguridad, en el cual hay cinco miembros permanentes – los cinco vencedores de la IIa Guerra Mundial – y estos países tienen derecho a veto, esto es, si uno de esos países está en desacuerdo con la resolución, esta no se aprueba, así la apoyen los demás 14 miembros. Esto ha trabado con frecuencia la toma de acciones diplomáticas y la intervención de la comunidad internacional en casos de crímenes de lesa humanidad, y Siria es uno de esos casos.

Resulta que Siria es de interés estratégico para Rusia, por las mismas razones descritas en el corto resumen de su historia algunos párrafos arriba. Resulta también, que no es un país muy estratégico para las potencias occidentales, que no reciben demasiada presión para intervenir, a no ser el dar una imagen de preocupación por la crisis humanitaria que allí se vive. A diferencia de lo que muchos creen, Siria no tiene una enormidad de recursos naturales que pudieran tentar a los poderes occidentales. Sus reservas de petróleo son de dos mil quinientos millones de barriles, más o menos igual que Argentina o Colombia. Por cierto, Bolivia sólo tiene la quinta parte de eso, así que los que siguen creyendo que alguien nos va a invadir militarmente para tomar nuestro petróleo, pueden esperar sentaditos. Lo que tiene a su favor Siria es su posición en el mapa. Esa es su ventaja estratégica, y su maldición. Por Siria pasan oleoductos para exportar el petróleo de sus vecinos. Para Rusia, además, Siria es, desde la Guerra Fría, una cuña que detiene la dominación Norteamericana en la región, rodeada por Jordania, Israel, Irak y Turquía. Encima de eso, tras la caída de la URSS, Rusia se ha visto separada de Asia Menor al independizarse Georgia y tras la guerra Ruso-Georgiana de 2008, sobre la que también se podría escribir largamente. Geopolíticamente hablando, Siria es vital para Rusia. Bashar Al-Assad, por más criminal de guerra que sea, es un aliado valiosísimo para Vladimir Putin y sus planes de “recuperar la grandeza de Rusia”. Un Vladimir Putin que, además de no hacerse demasiados escrúpulos de tratar con asesinos como Al-Assad, es un imperialista puro y duro, old school, de los que ocupan territorio con fines expansionistas y a título de “espacio vital” y de “aglutinar a la nación rusa”. Algo sacado de 1914, pues.

Ahora, al frente, como ya lo saben, la cosa no se pone mejor. Si bien por un tiempo los gringos le han bajado bastante el tono a su imperialismo, no es que éste haya dejado de existir. Hay, sin embargo, una transformación. La (corta) existencia de un mundo unipolar entre la caída del Muro de Berlín y el 11 de Septiembre propuso al mundo que, de alguna manera, los Estados Unidos de Norteamérica tenían el destino de guiar al mundo hacia la prosperidad y la paz. El excepcionalismo norteamericano, que existía desde la doctrina Monroe, encontró la plataforma oficial que se creía definitiva y hasta cierto nivel de legitimidad – inmerecida, por cierto – que hizo creer (El Fin de la Historia, de Fukuyama, fue uno de los relatos que se la creyó), hasta el día de hoy, a los estadounidenses que su papel en el universo es el de policía mundial. Policía, fiscal, juez y ejecutor, de hecho. Bastó ver la campaña electoral del año pasado para darse cuenta a qué nivel está arraigada esta creencia entre los gringos. Incluso el mismísimo Bernie Sanders, el simpático viejito socialista que creyó que podía vencer al sistema coorporativo, defendía el “rol” de Estados Unidos como “defensor de la libertad y faro del mundo”. Nadie los eligió. Nadie preguntó al resto de los 200 países del planeta si les parecía bien. Simplemente lo asumieron. Y esa es la versión de imperialismo norteamericano con la que hay que lidiar hoy en día.

Para colmo, tras ese proceso electoral, ha tomado posesión del cargo más poderoso del planeta, esa corona que solitos nomás le pusieron de nombre “líder del mundo libre”, un hombre cuya oligofrenia, egocentrismo, narcisismo e ignorancia son harto conocidos. Más aún, un hombre sobre cuya elección se sospecha con cada vez más fuerza fue amañada por nada más y nada menos que el mismísimo Vladimir Putin. Un hombre, para colmo, una y otra y otra vez comprobado de ser un misógino mitómano sediento de poder, del que el que fuera considerado como el peor presidente de Estados Unidos de la historia reciente, George W. Bush, dijo en su toma de juramento “that was some weird shit” (“esa mierda fue muy extraña”). Ante semejante personaje, que gracias al peculiar sistema electoral estadounidense se hizo de la primera magistratura sin necesidad de ganar el voto popular, una importante mayoría de norteamericanos se dieron cuenta muy rápidamente que habían metido la pata. El lunes 3 recién pasado, se publica una encuesta que le da un nivel de aprobación a Trump de solo 35%, bajísimo considerando que se supone que esté todavía en la Luna de Miel de su mandato, antes de cumplir los primeros cien días. Entre sus escandalosos vínculos con el gobierno ruso, semejante bajón de popularidad, las sospechas de corrupción firmemente asentadas en la negativa de Trump de publicar sus declaraciones de impuestos, y su manía de pelearse con medio mundo por nimiedades vía Twitter, incluso se comenzaron a gestar algunas ideas de que este señor no terminase de cumplir si quiera su primer periodo como Presidente. Una situación desesperada, pues.

Hete aquí que, casualmente, al día siguiente de publicarse dicha encuesta, ocurre en Siria una tragedia de dimensiones reales y simbólicas gigantescas. Según la versión mayoritaria, aviones del ejército sirio leal a Al-Assad tiraron bombas con agentes químicos – probablemente el gas nervioso Sarín – sobre población civil, matando a entre 58 y 70 personas dependiendo de la fuente e hiriendo a cientos más. Según la versión rusa, bastante afín a las realidades paralelas por cierto, las armas químicas estaban dentro de un depósito rebelde, y el ataque estaba destinado a destruir las municiones de los militantes, siendo la liberación del gas tóxico un “accidente” cuya responsabilidad correspondería a los alzados en armas contra el gobierno. Sea como fuere, los partes médicos tras la masacre sí son claros: no falleció un solo soldado, regular o irregular, y todas las víctimas eran civiles, muchos de los cuales eran niños. Sea que fue adrede, o, si le creemos a los rusos, una catastrófica falla de inteligencia, se trata, pues, de un nuevo crimen de guerra.

Aquí entra de nuevo en escena el amigo Trump. Hace poco, el Consejo de Seguridad de la ONU había propuesto, y rechazado por veto de Rusia y China, y el voto en contra de, ya lo adivinaron, Bolivia, nuevas sanciones al gobierno de Bashar Al-Assad por incumplir sus compromisos de destruir sus armas químicas. Ante esta inacción, Team America, World Police amenazó con actuar unilateralmente contra el gobierno sirio. Tras la tragedia del martes, se presentó la oportunidad de pasar de las palabras a la acción. El jueves 6 (ayer), la naval estadounidense lanza 60 misiles Tomahawk, famosos desde la primera Guerra del Golfo, contra la base aérea de donde salieron los aviones sirios relacionados con el incidente del martes.

A los ojos de los incautos, esta acción parece plenamente justificada. Alguien tenía que pararle el coche a Assad. El objetivo era militar, por tanto justificable. El fin, destruir la capacidad de Assad de seguir mandando bombas químicas contra su propio pueblo. Es más, hasta parece muy sorprendente el tino y la madurez del gobierno Republicano, caracterizado por ser mucho más hormonal que reflexivo. Pero claro, esto es cuando uno sólo mira el árbol, y no el bosque.

La neta es que, como acción aislada, dejando de lado la natural condena al uso de la violencia, hasta parece que Estados Unidos hizo lo correcto. El problema es que, con este tan complejo escenario, las consecuencias pueden ser nefastas. Como dijo Dan Rather, importante periodista estadounidense, lanzar misiles es fácil, lo difícil es lo que viene después. Con esto, el romance Trump-Putin parece condenado a una ruptura amarga. Con el cálculo político de recuperar la popularidad de Trump entre su gente con este ataque – y no, no estoy diciendo que el uso de armas químicas fue un montaje para justificar la intervención militar, no sean paranóicos – puede presentarse la tentación de escalar la operación hacia una guerra plena, sumiendo a Siria en peor caos del que ya vive, pues la mejora de la imagen del “líder” en estos casos suele ser pírrica y desgastarse muy rápido, por lo que necesita sostenerse. Con esta acción unilateral, finalmente, puede romperse la voluntad del otro aliado de Bashar, China, de mantener bajo control a Corea del Norte y mantener en el escenario del show político y diplomático el conflicto latente en el Mar de China. Los riesgos de caer en un conflicto de escala mundial, y mido bien aquí mis palabras, no es mi intención asustar a nadie, se han incrementado significativamente en las últimas 24 horas.

Esteban

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