La edad de la furia

Posted on 06/07/2017

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PUNK1

La elección en noviembre de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y estos últimos seis meses de absoluta locura en el escenario político norteamericano han sido solamente el último, pero posiblemente el de más impacto, terremoto político de los numerosos que se han sucedido en la última década. Este evento cerró un año en el cual el Reino Unido decidió salirse de la Unión Europea, Colombia rechazó un acuerdo de paz (que felizmente se pudo reconducir), y Brasil usó un mecanismo constitucional para remover a una presidenta acusada de corrupción solo para dar posesión a un presidente cuya corrupción es aún más evidente; y este año, aunque los resultados dieron un poco mejor, en sendas elecciones europeas las opciones más fascistas han logrado posiciones peligrosísimas de segunda fuerza política, agravada por una base electoral joven. Estos sucesos han revelado una enorme rabia y frustración – aún más visible en la aclamación pública de despiadados tiranos en países como Rusia o Turquía, o los triunfos electorales de nacionalistas violentos en la India, Hungría o las Filipinas.

Estas insurgencias contemporáneas, incluyendo la “izquierda” rabiosamente nacionalista y autoritaria en Latinoamérica, y una buena parte de la resistencia a estos gobiernos, tienen sin dudas causas locales importantes, pero no es por accidente que el discurso demagógico parece estar resonando mundialmente. Todo esto ya lo hemos conocido en gran parte del Tercer Mundo, y quizás nuestra experiencia pueda dar mayores luces a los países que pensaron que su institucionalidad y sus tradiciones democráticas los iban a salvar de los populismos.

Es muy difícil encontrar un consenso acerca del origen de este desbarajuste. Habrá quienes encuentren explicaciones místicas o religiosas, quienes vean señales de cumplimiento de profecías o de simple degradación necesaria. Muchos observadores, un poco más serenos, han caracterizado estos fenómenos como un latigazo de reacción en contra de un establishment político y económico, ajeno e insensible a los problemas cotidianos de gente que se siente mucho menos capaz de tomar control sobre sus propias vidas. Thomas Piketty explica la elección de Trump como “principalmente debida a la explosión de la desigualdad económica y geográfica en los Estados Unidos”. Algunos autores de tendencia liberal tienden a culpar del fenómeno a un resentimiento racial de parte de americanos blancos pobres, aparentemente exacerbada durante la gestión de Barack Obama. Pero muchos blancos ricos, hombres y mujeres, incluso una cantidad importante de Afroamericanos y Latinos, votaron por el carismático hombre anaranjado.

El ganador del Premio Nobel, y uno de los más vocales opositores a la candidatura republicana de 2016, Paul Krugman, admitió la noche de la victoria de Trump que “las personas como yo, y probablemente también la mayoría de los lectores del New York Times (periódico del que Krugman es columnista), realmente no comprendimos el país en el que vivimos”. Desde los dos sacudones de Brexit y las elecciones norteamericanas, hemos estado discutiendo improductivamente sobre sus causas, y mirando boquiabiertos cómo los nuevos representantes de los deprimidos y los “dejados atrás”, Trump y Nigel Farage, posaban juntos frente a un ascensor de oro, símbolo absoluto del actual absurdismo político.

¿Pero cómo entender la crisis a la que nos enfrentamos si nuestras categorías y conceptos dominantes no parecen lograr procesar explicaciones suficientes para estas fuerzas que parecen incontrolables? En los años que siguieron a la caída del Muro de Berlín en 1989, el triunfo universal de la democracia liberal y capitalista parecía asegurado. La historia había llegado a su fin, decía Fukuyama. Los mercados abiertos y los derechos humanos debían expandirse por el mundo y liberar a millones de la pobreza y la opresión. En más de un sentido, la promesa se hizo realidad: no hay duda posible de que vivimos en un mundo globalizado, más homogéneo, más educado, más interconectado y más próspero que en cualquier otro punto de la historia.

Y sin embargo nos vemos enfrentados a lo que Pankaj Mishra llamó la “edad de la furia”, con líderes autoritarios que manipulan el cinismo y el descontento de las masas furibundas. Aquello a los que los medios occidentales llamaban “la rabia musulmana”, identificada con hordas de hombres de piel canela y frondosa barba, de repente también se pinta con túnicas color azafrán en Myanmar, o con uniformes pardos y rubias cabezas rapadas en Alemania. La violencia racial o religiosa ha crecido incluso en las más tradicionales democracias parlamentarias, siendo claro ejemplo el asesinato de la diputada Jo Cox por un neo-Nazi en Gran Bretaña, al calor de la campaña por el Brexit. De un día para el otro, como señaló recientemente Michael Ignatieff, “El humanismo y el racionalismo de la Ilustración ya no puede explicar suficientemente el mundo en el que vivimos”.

Una violencia salvaje ha eclosionado en los años recientes en una ancha banda de territorios: guerras en Ucrania y el Oriente Medio, insurgencias desde Yemen hasta Tailandia, terrorismos y contraterrorismos, guerras económicas y cibernéticas. Y claro, la desgarradora guerra civil siria. Estadísticamente hablando, estos son los años menos violentos de los que se tenga registro, pero en cambio las guerras ya no están confinadas a los campos de batalla, ya no siguen reglas ni convenciones internacionales, ya no enfrentan ejércitos regulares comandados por brillantes estrategas, y parecen endémicas e incontrolables más por plebeyas que por extendidas, mas por la complejidad de las facciones en disputa que por el conflicto de poderes políticos.

El miedo ha hecho presa de nosotros, incluso los que estamos lejos de estos eventos, pues el mundo se ha hecho muy pequeño, y la dominación cultural occidental de los últimos 500 años nos hace sentir víctimas de lo que ocurra en Niza, Boston o Bruselas aunque estemos a miles de kilómetros de ahí. En respuesta, la difusión del odio y de un falso sentido de venganza contra las minorías y los inmigrantes, incluso contra los refugiados, ha encontrado plataformas formales. Las voces y rostros que espuman por la boca con desprecio y malicia se han vuelto ubicuos tanto en los medios tradicionales como en nuestras nuevas formas de comunicarnos.

Las presunciones, mayoritariamente Anglo-Sajonas, que emergieron de la Guerra Fría y su jubiloso final simplemente no alcanzan para guiarnos a través del caos actual. Mishra sugiere volcar la mirada a ideas más propias de una era un poco más antigua y más volátil. En mi artículo “Teoría del Neofascismo” propuse yo lo mismo, en base al contexto latinoamericano, en el que el fenómeno ha madurado un poco más. Tal vez sea el momento de volver a Sigmund Freud, quien advertía en 1915 que “los primitivos, salvajes y malvados impulsos de la humanidad no han desaparecido en ningún individuo”, sino que simplemente están esperando su oportunidad para volverse a mostrar. Ciertamente, los recientes conflictos han puesto a la luz lo que Friedrich Nietzsche llamó “el Resentimiento”, “un complejo mundo de venganza subterránea, inexhaustible e insaciable que se manifiesta en estallidos.”

Pero mientras una industria del pensamiento polarizado intenta jugar a las charadas con los eventos demasiado rápidamente cambiantes que fracasan completamente en prever, es difícil evitar la sospecha de que nuestra búsqueda por explicaciones racionales para los eventos políticos actuales está condenada. Todos los oponentes de este nuevo irracionalismo, o incluso antiintelectualismo, sean de izquierda, de derecha o de centro, tienen – tenemos – en común la presunción de que los seres humanos son fundamentalmente racionales, motivados por sus ambiciones materiales, abigarrados cuando sus deseos son negados, y por lo tanto probablemente aplacados con su realización.

Esta noción de la motivación humana se profundizó durante la Ilustración, cuyos principales pensadores, despreciando la tradición y la religión, buscaron sustituirlas con la capacidad de la razón, para identificar los intereses individuales y colectivos. El sueño de fines del siglo 18 de reconstruir el mundo a partir de un diseño secular y racional, se desarrolló aún más durante el siglo 19 por los teóricos utilitaristas, buscando la mayor felicidad para la mayor cantidad posible de personas, noción de progreso que fue adoptada por socialistas y capitalistas por igual.

Tras el colapso de la alternativa socialista en 1989, esta utopía se convirtió en la visión de una economía global de mercado dedicada al crecimiento y el consume ilimitados. De acuerdo con esta visión, que domina hoy casi absolutamente el mundo occidental, el Homo económicus, se convierte en el nuevo estándar, un sujeto calculador cuyos deseos naturales y cuyos instintos están formados por la motivación última y definitiva: buscar la felicidad, y evitar el dolor.

Pero estas explicaciones, si bien no son equivocadas, no toman en cuenta algunos factores irracionales que siempre están presentes en la condición humana. La premisa fundamental de nuestros marcos intelectuales es la presunción de que el ser humano es esencialmente racional y su motivación es la persecución de sus propios intereses, que los seres humanos actúan principalmente para maximizar su felicidad personal y no por miedo, envidia o resentimiento. El famoso libro Freakonomics (S. Levitt y S. Dubner, 2005) es icónico de esta idea al afirmar que “los incentivos son la piedra fundamental de la vida moderna” y “la clave para resolver casi cualquier enigma”. Desde su punto de vista, la crisis no es más que una irrupción de lo irracional, y la confusión y la improvisación de parte de las élites políticas. Dejando de lado (por un momento) mi repugnancia casi psicótica por las ideas economicistas, es instructivo leer la definición que da de su materia en él Steven Levitt: “La moralidad… representa la forma en que la gente quiere que el mundo funcione, mientras que la economía representa cómo en realidad funciona”. Creo que el autor está tan equivocado como es posible. Una gran parte de los males que afectan a la vida política se puede atribuir al repugnante credo  que dice que “todo lo que se puede medir se puede dirigir”.

Esto ha conducido a las distorsiones más gruesas de las prioridades, a la subyugación del sentimiento al recuento. Las cosas más importantes en la vida colectiva son la generosidad, la creatividad y la solidaridad. Ninguna de estas cosas puede medirse. Ninguna puede ser cuantificada. Sin embargo, los consultores (y aquí me incluyo), los economistas y todas sus rémoras, siguen discutiendo sobre la primacía de la medición sobre la emoción. El miedo, por ejemplo, a perder el honor, la dignidad o el status, la desconfianza respecto al cambio, lo atractivo de la familia, el círculo cercano, la estabilidad.

No hubo en esta explicación racionalista un espacio para motivaciones más complejas, como la vanidad, el temor a parecer vulnerable, la necesidad de mantener la reputación o la imagen. Obsesionados con el progreso material, los hiperracionalistas ignoraron la atracción del resentimiento y los tenaces placeres de la autovictimización. No obstante, la historia moderna provee enorme evidencia del persistente poder de la irracionalidad. Ya en el siglo 19, las pretensiones francesas de una civilización racional, universal y cosmopolita, las mismas que alimentaban el fervor independentista entre latinoamericanos como Bolívar, Sucre, San Martín y Artigas, provocaba entre ciertos “resentidos” alemanes una reacción militante que hoy llamamos “nacionalismo cultural”: la aserción de una cultura “autentica” enraizada en el carácter, historia y tradiciones de una región o nación determinada.

Una revolución tras otra, desde entonces, ha demostrado que los sentimientos y las emociones cambian el mundo, al convertirse en poderosas fuerzas políticas. El miedo, la ansiedad y un cierto sentimiento de humillación colectiva fueron los principales motivos de la política expansionista alemana a inicios del siglo pasado, y fueron los mismos motivos que movieron a los países Latinoamericanos a intentar, dos veces, revoluciones nacionalistas, y los mismos motivos explican en gran parte las actitudes antioccidentales de países emergentes como Rusia, China e India.

Y sin embargo la manera puramente materialista y mecanicista de concebir las acciones humanas se ha arraigado, sin darle una segunda consideración a esta volatilidad emocional, en buena parte porque la economía se ha convertido en prácticamente la única metodología considerada válida para entender el mundo. Esta visión decimonónica, por la cual no hay otro nexo entre los hombres que el puro interés personal, se ha convertido en una ortodoxia en un ambiente intelectual que aún mantiene que solamente el mercado permite la interacción saludable entre seres humanos, que aún venera la innovación tecnológica y que aún ser rige por el crecimiento del PIB. Todo esto es válido, pero no es lo único válido. No solamente lo que se puede contar es lo que cuenta, también cuenta lo que no se puede contar – las emociones subjetivas.

Nuestro actual desprecio por las motivaciones no económicas, o no monetizables, es aún más sorprendente cuando consideramos que hace menos de un siglo, el “estrecho programa de la Ilustración” para la felicidad humana se había convertido en objeto de ridículo y burla, como observara el modernista australiano Robert Musil en 1922. Evidentemente, como Musil, o incluso como Saint-Exupéry, las obras pioneras de sociología y psicología, como las artes y las letras del siglo 20 se definieron en buena parte por su insistencia de que hay más que descubrir del ser humano que su egoísmo racional, más que entender de la sociedad que el contrato entre individuos autónomos y calculadores, y más que descubrir de los políticos que las tecnocracias impersonales diseñando esquemas híper-racionales de progreso en base a encuestas, sondeos, estadísticas y modelos matemáticos.

Desde los años 1860, Dostoievski fue uno de los primeros pensadores modernos que plantearon la sospecha de que había más que el solo pensamiento racional que influenciaba el comportamiento humano. “Quién fuera el primero que anunció”, escribía en sus Memorias del Subsuelo, “quién fuera el primero que proclamó, que el hombre hace el mal porque nada más conoce sus propios intereses; que si fuera ilustrado, si sus ojos se abrieran a sus reales intereses, el hombre cesaría sin demora de hacer el mal, y su acción se convertiría de golpe en buena y noble, pues siendo ilustrado y comprendiendo su real ventaja, vería su propia ventaja en el bien y nada más que en el bien?”. Dostoievski fundó una corriente de pensamiento a la que se adscribirían Nietzsche, Freud, Weber y otros, quienes montaron una rebelión en contra de esta certeza opresiva de las ideologías racionalistas, tanto de izquierda como de derecha. Y aunque la psicología moderna acabó demostrando el anclaje científico de estas corrientes filosóficas, aunque el peso de las necesidades emocionales y de los valores y principios intrínsecos se reconoce ampliamente como elemento esencial del comportamiento del ser humano como individuo, por alguna razón las ciencias sociales han tendido a olvidar la revolución que se produjo, casualmente, en un periodo de la historia que nos parecería preocupantemente parecido a la actualidad, un periodo de crecimiento desigual y de alta concentración, un periodo de alta desconfianza hacia lo político y hacia los políticos, un periodo de temor al cambio, de temor a la cultura cosmopolita y desarraigada, de temor a los extranjeros y a los inmigrantes.

A diferencia de Mishra, sin embargo, yo no sólo creo que es posible una salida, creo que es posible un nuevo racionalismo, en el que los factores económicos sí juegan un papel importante, ¡cómo negarlo! Pero a la vez se toman en consideración, sobre una base abierta e indecorosamente científica, los elementos irracionales, o mejor dicho, cuya racionalidad se explica por factores distintos a los estrictamente económicos. Darle dignidad a la gente, hacer que se sienta incluida, escuchada, tomada en cuenta a la hora de decidir las políticas públicas. Pensar el hacer país, el hacer región, el hacer ciudad a partir de más que solamente la racionalidad económica. Comprender que el desarrollo tiene límites, no sólo en términos de explotación de las materias primas o de la fuerza laboral, sino también límites mentales, culturales y morales, que tienen que ver con el hecho de que el centro de ese desarrollo debe ser el ser humano. Resulta, ¡oh ironía! que a esta manera de pensar se le había llamado en algún momento “Vivir Bien” acá por la América morena. Extrañamente, en los hechos, este concepto se ha vaciado de todo contenido, se ha convertido en justificado objeto de sorna, y ha sido sistemáticamente violada por sus propios promotores, que resultaron ser los mismos demagogos y populistas que nos han puesto en esta situación. Urge, pues, reinventar la idea.

Esteban

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