De Fachos y otras hierbas

Posted on 15/11/2017

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Mucha gente se molestó conmigo por mi absoluta indignación ante el proceso y fallo constitucional impulsado por diputados del PDC encabezados por Horacio Poppe, de antecedentes falangistas, es decir, del partido oficial del fascismo europeo traído a Bolivia en su auge en los años 1930. A estos señores les llamé, de frente, sin trapujos, y en varias ocasiones, fascistas. Porque eso es lo que son.

Me han acusado de intolerante por ello. Y no lo he negado: soy intolerante con el fascismo. Y sobre esto es sobre lo cual quiero hoy hablar. No para justificarme, no podría importarme menos lo que se piense de mí, felizmente no ando buscando votos ni presentes ni futuros. No, acá se trata de algo mucho, mucho más grande que usted, mi caro lector, y que yo. Acá se trata de una cuestión de principios.

Pasa que hoy en día se hace un uso muy ligero de la palabra fascista. Para el lego, fascista es, básicamente, todo quien trata de imponer ideas ajenas a las de uno por vía de la fuerza, o por lo menos, la violencia verbal. Tanto se ha deformado la percepción de lo que es el fascismo, que algunos llaman “feminazis” a las mujeres que osan reclamar con un poquito de fuerza los derechos que les corresponden. Imagínese. Y por eso me preocupa, no ahora, sino desde hace mucho, el nivel de ignorancia y de falsa equivalencia que rellena el debate público que hoy sucede en las redes sociales, sin filtro ni, frecuentemente, suficiente reflexión.

Definamos pues qué es un fascista. El fascismo fue una ideología nacida en Italia en los años 1920 y luego muy expandida en Europa con nombres diferentes y ligeras variaciones, unas peores que otras (Nazismo en Alemania, Franquismo o Falangismo en España, Estadonovismo en Portugal, el Szalazismo en Hungría, el Legionarismo en Rumanía…). El fascismo se basa en algunos pilares fundamentales, harto estudiados: La exacerbación del nacionalismo, el liderazgo carismático del jefe del partido, el culto a la personalidad, el militarismo, el estado totalitario (es decir el Estado por encima del individuo, la “Razón de Estado”), el antiindividualismo e incluso la uniformización, el misticismo emotivo, el enemigo abstracto (los judíos, los antipatria, los proimperialistas, los bolcheviques, en fin, que puedan identificarse para el vulgo como “el otro”), el culto al físico y al heroísmo, la urgencia de “recuperar” una supuesta grandeza histórica perdida, y el relativismo del estado de derecho. Y un elemento muy central y omnipresente: el machismo, fundado en la creencia de que solamente es familia una en la que están presentes padre y madre, con cuantos hijos se pueda procrear –especialmente varones que puedan luego convertirse en soldados– en la que rige inflexible el patriarcado, es decir, el pater familias manda tan incuestionado como el líder carismático, y donde cualquier desviación de ese modelo se castiga severamente (en la Alemania Nazi se encarcelaron al menos 100 mil homosexuales, de los cuales se sabe que al menos 15 mil fueron enviados a los campos de exterminio).

Ahora bien, para calificar como fascista, evidentemente proponer sólo uno o dos de los elementos antes descritos no es, ni mucho menos, suficiente. Así que siéntase tranquilo, caro lector. Si usted es de las personas que aún piensan que la familia sólo es papá, mamá y 2,4 hijos, eso no lo hace fascista. Ergo, si alguien se ha sentido aludido por mis rezongadas de días recientes, o es porque andamos demasiado sensibles, o porque en un examen interno algunos de nosotros tiqueamos la mayoría de las casillas de la mencionada lista. Y eso me asusta muchísimo.

El fascismo es lo peor que le haya ocurrido a la humanidad. El fascismo ha causado la más cruel y mortífera guerra de la historia de la humanidad. El fascismo estuvo, también, detrás de muchísimas de las dictaduras militares en América Latina. Muchos de sus postulados aún están muy vigentes en los discursos y posturas oficiales de los gobiernos neopopulistas del mundo, tanto nuestros propios sigloveintiuneros como algunos otros líderes mundiales, empezando por el actual presidente del país más poderoso (y pendejo, diría Chumel) del planeta. Personajes siniestros con fuertes convicciones fascistas han salido de sus escondites en los últimos pocos años y se han sentido autorizados a hablar en nombre de todos, ante el aplauso vergonzoso de grandes multitudes de gentes frustradas con la inoperancia de la política tradicional y las restricciones del sistema democrático.

Y aquí es donde debo volver a lo nuestro, aplicar la teoría a la praxis, y hablar de nuevo de nuestro diputado falangista y su pequeña “travesura” frente al Tribunal Constitucional. El sitio primoderiverista[1] español www.falange-autentica.es dice, textual, de Horacio Poppe:

“En abril de 2000, se había celebrado en Chile el “Primer Encuentro Ideológico Internacional de Nacionalidad y Socialismo auspiciado por Patria Nueva Sociedad (de corte Nacional Socialista), uno de los asistentes al evento fue Horacio Poppe, un piloto comercial que se declara admirador de Unzaga, Nietzsche y Spengler, quien a su regreso a Bolivia decide fundar el Frente Socialista de Naciones Bolivianas (FSNB) denominado “Movimiento Neounzaguista, sumando su partido a la Red Nacionalista Continental Sur Americana. En 2005 se abrió en las universidades una campaña de reclutamiento de “legionarios para los camisas blancas, y se anunció la fundación de la Falange Unzaguista Boliviana como unión del Movimiento Neounzaguista y la Vieja Guardia Falangista.”

Este diputado demandó de inconstitucionalidad – y ganó en parte– la Ley de Identidad de Género, demanda admitida únicamente con relación a la frase “cambio de dato de sexo” contenida en los artículos 1. 3,2, 4 II, 7, 8, 9, 10, 11 II, 12 I y Disposición Final Primera de la Ley. Poppe y su grupo de conservadores de línea dura argumentaron que ser homosexual es comparable a ser un avasallador de tierras o un falsificador de monedas (sí, lean su demanda), pues así como éstos no pueden alegar el derecho a la propiedad para afectar derechos ajenos, aquél no podría alegar su derecho a la identidad para afectar los derechos de… ¿quién, exactamente? ¿qué derecho se ve afectado por que otra persona sea gay? Esta es, por supuesto, la parte que nunca se molestan en explicar los supuestos ofendidos.

Como sea, sin que se explique qué derecho está acá en juego, resulta que, y cito textual:

“la mentada separación artificial del dato del sexo con respecto a la condición biológica sexual de la persona provocaría en el ámbito de sus relaciones con terceros, distorsiones de conocimiento que pondrán en riesgo los fines y funciones de una variedad de instituciones y mecanismos jurídicos ideados con fines de salvaguarda de intereses públicos”.

Tampoco dice de qué instituciones y mecanismos habla. Peor, pone el ejemplo de un empleador que podría ser “engañado” por una persona transexual si sólo quiere contratar mujeres. A ver, ¿cuál es el bien jurídico superior, en el ejemplo? ¿El derecho del empleador de, por las razones que fuere, discriminar (en su sentido literal) por sexo a sus empleados, o el derecho de la persona transexual de trabajar?

Claro, siguen estos diputados con los argumentos ya archi-conocidos de que la adopción de niños por parejas del mismo sexo de alguna manera viola el interés superior del niño, a pesar de haber sido demostrado ya decenas de veces en el mundo entero de que esto no es cierto y se basa en un prejuicio vil, por el que al violador homosexual se lo acusa por homosexual y no por violador, por ejemplo, cuando hay literalmente millones de casos de violadores heterosexuales registrados en el mundo y nadie los acusa a ellos de heterosexuales, sino de violadores, como debe ser. ¿Por qué vamos a medir a la gente con varas diferentes sólo por su orientación sexual? Y claro, como siempre, se olvidan que entre los derechos del niño está el derecho a ser criado por una familia. ¿Se le va a negar ese derecho a los niños huérfanos sólo por nuestra muy estrecha definición de qué es una familia?

Pero resulta que el TCP cae en el juego, oye estos argumentos ridículos, falla miserablemente en hacer una interpretación jurídica de un hecho biológico muy parcial. La definición de hombre es portar los genes XY, y mujer es la que porta los genes XX. Parcial, digo, porque, por ejemplo, es un hecho médico de que uno de cada 20 mil bebés nace hermafrodita (DSD ovotesticular 46,XX, se llama la condición, si a alguien le interesa googlearla). ¿Les vamos a negar derechos a entre 1 y 9 de cada 100 mil habitantes? Y de nuevo, esto es solamente UN ejemplo, uno fácil de comprender, porque, admitámoslo, aún no sabemos qué causa la homosexualidad, sólo sabemos a estas alturas qué NO es (no es una enfermedad, no es una elección, y no es una desviación). Y esta condición innata se presenta en al menos mil doscientas especies de animales. ¿Antinatural? Ni por si acaso.

Ahora bien, hay que reconocer que el TCP ha ratificado casi en todo lo demandado de inconstitucionalidad la Ley 807. Me alegra. Pero hay un pequeño gran “pero”. La Sentencia Constitucional expulsa expresa e inequívocamente de la legislación el parágrafo II del artículo 11 de la Ley, que decía

“El cambio de nombre propio, dato de sexo e imagen, permitirá a la persona ejercer todos los derechos fundamentales, políticos, laborales, civiles, económicos y sociales, así como las obligaciones inherentes a la identidad de género asumida.”

Dicho de otra manera, este artículo permitía a una persona transexual, por ejemplo nacida hombre pero identificada como mujer, una vez hecho todo el trámite de identidad, de ejercer todos los derechos que corresponden a la condición de mujer. O al revés. Esto, en particular, respecto al ejercicio de dos derechos: el derecho a casarse, y el derecho a tener hijos. Y este es el meollo de la cuestión.

Sucede que el matrimonio, y la adopción, en el marco de toda una disciplina del Derecho, son institutos jurídicos que activan una serie de derechos con su realización. No quiero ponerme demasiado técnico aquí, pero voy a tener que usar un poquito de lenguaje leguleyesco. Espero me lo perdonen.

El matrimonio activa el derecho de constituir una mancomunidad de gananciales con la pareja (ser dueño de la mitad de todo lo conseguido durante el matrimonio), el derecho a entrar al acerbo hereditario al fallecer uno de los cónyuges (heredar como si fuera un hijo o una hija la parte que corresponde de la otra mitad), y el derecho a fundar una familia, que como tanto insisten en recordar los conservadores, es la base de la sociedad. El ladrillo más chiquito sobre el cual se construye la sociedad, pues. La adopción, por su parte, también genera derechos de herencia para el adoptante y el adoptado, pero además derechos de vivir en un entorno de protección para el adoptado.

Ahora, imagínese el caro lector, que su amigo, su pariente, su conocida, alguien que tiene significado para usted, alguien a quien usted le puede asignar un rostro, un nombre y un apellido, y algo, alguito aunque sea, de historia de vida, convive con su pareja del mismo sexo, o transexual, a quien ama y venera, con quien comparte su vida entera, de manera abierta y conocida por los vecinos y familiares. Imagínese que ambos contribuyen a la sociedad con su trabajo, con su esfuerzo diario, exactamente igual que usted y que yo. Imagínese ahora que la pareja fallece repentinamente. No importa si por accidente, enfermedad o vejez. Imagínese que los bienes juntados por la pareja en su vida de esfuerzo y de trabajo hayan sido registrados a nombre del difunto, por cualquier causa que sea. El sobreviviente se queda sin nada. No le corresponden bienes gananciales. No le corresponde una parte de la herencia. Absoluto desamparo, así haya contribuido, como es natural en las parejas, con al menos la mitad de los bienes. ¿Esto le parece justo? Imagínese que esta pareja ha criado a un niño, aún sin papeles de adopción, porque le agarraron cariño, porque no podían conscientemente dejarlo en el abandono al que condenamos a miles de niños cada año en Bolivia. Uno murió, el otro ha quedado desamparado. ¿No estamos negando a ese niño el más fundamental derecho a sobrevivir? Esto, que parece una historia de telenovela, es algo que sucede a diario, en especial la primera parte, un poco menos frecuentemente la del hijo adoptivo, aunque sí ocurre. Usted, caro lector, ni se entera, porque los personajes de esta historia están invisibilizados. Son gente que ha vivido discriminada toda su vida, que gente como Horacio Poppe odia y desprecia, que los medios no mencionan por vergüenza o falta de ésta. La muerte de las personas transexuales es frecuente tanto por violencia homofóbica como por enfermedades casi nunca tratadas, también por efecto de la misma discriminación, y casi siempre es trágica, casi siempre en la más absoluta miseria, casi siempre sin deudos ni flores, y siempre, siempre, siempre sin herederos legítimos que puedan continuar su legado. Si eso no es violar derechos ajenos, no sé qué es.

Así que, tras esta larga diatriba, habiéndome excedido en mucho lo que quería decir, aún dolido por la falta de humanidad de quienes se alegran por la negación de derechos a otras personas sólo por ser diferentes, vuelvo a decir, sí, me indigna, me duele, a pesar de ser heterosexual, a pesar de aún tener mis microhomofobias que me hacen avergonzarme de mí mismo de vez en cuando, y voy a seguir siendo absolutamente intolerante con la intolerancia. Acabo citando las palabras del maravilloso Richard Dawkins:

“Sería intolerante si yo abogara por la prohibición de la religión, pero por supuesto que nunca lo hice. Me limito a expresar con firmeza los puntos de vista sobre el cosmos y la moralidad con los que no estás de acuerdo. Interpretas eso como ‘intolerancia’ debido al estatus extrañamente privilegiado de la religión, que espera obtener un viaje gratis y no tener que defenderse. Si escribiera un libro llamado The Socialist Delusion o The Monetarist Delusion, nunca usarías una palabra como intolerancia. Pero The God Delusion suena automáticamente intolerante. ¿Por qué? ¿Cuál es la diferencia? Tengo un deseo (se puede decir fanático) de que las personas usen sus propias mentes y tomen sus propias decisiones, basadas en evidencia disponible públicamente. Los fanáticos religiosos quieren que las personas apaguen sus propias mentes, ignoren la evidencia y sigan ciegamente un libro sagrado basado en la “revelación” privada. Hay una gran diferencia”.

Esteban

[1] Por José Antonio Primo de Rivera, quien el principal líder del fascismo español como fundador de Falange Española. Acusado de conspiración y rebelión militar contra el Gobierno de la Segunda República, fue condenado a muerte y finalmente ejecutado durante los primeros meses de la Guerra Civil Española. (Wikipedia)

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